Un seis de mayo del dos mil siete el buzón rojo en la calle Arenas se inundaría con los llantos de varios estudiosos que, a cartas y lanzas, criticaron apasionadamente al profesor Taj-Refán, astrofísico de profesión, quien, en 107 páginas, sugirió la existencia de inmensos genitales en los astros observados en su más reciente investigación. En el informe, recibido por la universidad de Aragó, Lima, Barcelona y Guinea, Taj describía un tipo de coito astral cuasi bailable, en que inmensos asteroides desprendían una protuberancia con forma fálica y la encajaban repetidamente entre los cráteres de los metereiodes a los que, en algún punto de su documentación, se refirió como «hembras».
Taj-Refán terminó un siete de mayo del dos mil ocho de responder con largos manuscritos impregnados de pruebas, aclaraciones y números minuciosamente calculados, a todos aquellos llantos de todos aquellos estudiosos que habrían inundado su buzón rojo hacía un año y, aún con la última carta en la mano, reflexionó feliz y asumió su triunfo al notar que no había recibido respuesta alguna de ninguno de los académicos. «Si ningún colega ha conseguido refutar mi observación y mi trabajo en una carta correctamente argumentada como las que yo sí he conseguido enviar...», pensó mientras dibujaba una gran sonrisa. «entonces, significa que pasaré a a la historia y seré recordado en los grandes escritos de los grandes escritores».



