Hay una bruja de cristal meneando su cucharón en un gran caldero de
aluminio y vidrio percudido. Revolcaba la paleta dentro de una extraña mezcla
viscosa que, de cuando en cuando, salpicaba a borbotones hasta el suelo terroso
del recinto. La bruja procedió entusiasmada. Hacía más de media velada que
contemplaba su obra con excitación, sintiéndose cada vez más orgullosa del
ánimo invertido en la poción que a ratos se mezclaba con las gotas del
sudor fugitivo de su rostro caucásico, mohoso, idealmente portador de esa
sonrisa amarillenta que soltaba al ojear a la cocción. Mientras tanto, en el rincón
derecho, bajo la segunda mesilla de pociones, un gato blanco de la costa sur del
país, la observaba temeroso.


