Tenía
una flor en la maleta. Una pequeña flor teñida de amarillo intenso y pétalos
cortos finamente adornados por manchas ocres dispersas e imponentes. Aquella se
hallaba ciertamente invadida con algo de suciedad y unos cuantos raspones
pequeños producto — lamento confesar— de vivir varios días en la penumbra de mi
maleta; entre libretas y lápices. Por supuesto, mi intención inicial no fue
nunca que la florecilla terminara así, mas me temo que allí la abandoné después
de una conmovedora experiencia que, aunque no me atrevo a resaltar con
detalles, debo aludir por motivos afines a esta redacción.
miércoles, 12 de junio de 2019
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