La dama me miró aterrada. Con un impulso de coraje, sujetó firme la manecilla, como si de esta dependiera su salvación, y la llevó hasta atrás, dejándome ante una puerta de madera vieja y pestilente.
Entonces, respiré el ambiente que se había formado segundos después de su actuación, noté el movimiento de la puerta y su brisa de olor nicotínico, caótico, y el abrumador olor de la pintura húmeda con el cóctel de polvo y saliva me invitó a atravesar la puerta. Respiré todos los aromas que la dama me había podido regalar. Entonces, sentí el pesar, pues la ella jamás volvería a salir de la habitación, pero yo volvería a respirar esos aires millones de veces más.
Entonces, respiré el ambiente que se había formado segundos después de su actuación, noté el movimiento de la puerta y su brisa de olor nicotínico, caótico, y el abrumador olor de la pintura húmeda con el cóctel de polvo y saliva me invitó a atravesar la puerta. Respiré todos los aromas que la dama me había podido regalar. Entonces, sentí el pesar, pues la ella jamás volvería a salir de la habitación, pero yo volvería a respirar esos aires millones de veces más.

