En una casa al norte de Buenaventura, cuatro pericotes blancos discutían las recientes preocupaciones del hogar. Una vez más, se encontraban sentados al rededor de una vieja mesilla de madera que apenas lograba sostenerlos en estas largas noches de otoño que los ratoncillos solían rellenar con charla, risa, música suave, bocadillos, y, por supuesto, con muchísimo vino y cigarrillos entre las patas; del vino tanto pudieran robar de la cocina, y de los cigarros tanto como el pulmón aguantase.

Esta tradición no se trataba únicamente se holgazanería, en realidad, se remontaba a los tiempos de angustia, cuando el frío y la lluvia amenazaba los hermosos rincones de la provincia, y conseguían, con éxito además, desalojar a los pobres animalitos que se hospedaban entre la arboleda, las farolas y entre los basureros de las calles de Buenaventura. En estas circunstancias sería cuando, después de sustos y plegarias; de correr y nadar desesperadamente, los cuatro se encontrarían juntos y refugiados por primera vez en la casa del señor Fernet. Allí, tras el apretón de manos, notarían la fantástica ironía que el azar les tenía preparado y, que a su vez, sería el origen de una amistad siempreviva que ni los años, ni las repentinas tormentas, ni las viejas mesas de olmo, podrían derrumbar: ser unos todos unos ratones de cultura.
Una cultura de la buena, de la clásica, no de aquella que cualquiera tendría o diría tener por balbucear sobre un par asuntos. Se trataría mas bien de una cultura propia de los célebres señores estudiados; de aquellos lectores dedicados (como los grandes conocedores de política y literatura), o, cuanto menos, de una cultura propia de los viejecillos sifrinos del parque que, aunque no siempre es así, vociferan llevar la verdad y, cuanto menos, merecen ser escuchados con atención.
Entonces, ahí estaban otra vez los ratones eruditos, más incómodos de lo normal, reposando bajo el rincón de una pared tras el salón principal. En posición relajada pero bien serenos, los cuatro eran alumbrados por una luz de claraboya lo suficientemente intensa para distinguir las cartas de Póquer que cargaban en las patas; así como sus relojes, los anillos dorados, y los botones relcientes de sus trajes frac. Se sumaba a la escena —como si no fuera lo suficientemente pretenciosa ya— una pintoresca melodía jazz, procedente, quizá, de alguna de las mejores colecciones del Sr. Fernet, y que, con un volumen prudente, azucaraba aquella velada del veinte de mayo. Una que resultaría más amarga de lo previsto.
Nolberto, el más viejo de los ratones, quien además estaba a punto de ganar la partida, pronunció con firmeza después de notar la incomodidad del momento:
—Bien, caballeros. Ya es momento —Acomodó su corbatín para enfatizar sus siguientes palabras—. Como sabrán, eventos extraños han invadido nuestra casa.
Los otros tres pericotes alzaron la mirada lo suficientemente rápido para simular sorpresa, resultó, sin embargo, ser un esfuerzo inútil, pues cada ratón imaginaba el asunto a discutir.
—En primer lugar, la reserva de comida de la cocina principal cada vez es más deprimente. Y como habrán notado, ya pasaron siete días desde que la Sra. Vincé —frunció el ceño al pronunciar el nombre— ni siquiera ha probado de su vino. ¡Ninguno de sus vinos! He revisado las botellas y todas continúan exactamente igual que ayer y anteayer, y así hasta más o menos un mes. ¿Se dan cuenta?
—Por favor, Nolberto. ¡No caigas en paranoias! —dijo burlón el pericote de sombrero, cuyo nombre nunca nadie había revelado—. ¿Es grave que una dama como la Sra. Vincé olvide el alcohol por unos amaneceres? ¡Por favor! —echó a reir.
—¡¿U-unos días.?! Uu-nos días e-es ¡tragedia! —exclamó Yinyet—. Esa mujer es e-bria, ebria como la calle.
—¡Ya cállense! —gritó Astrade, el último ratón desde la esquina de la mesa—. Dejen hablar al anciano.
—Gracias, Astrade.| —replicó Nolberto—. Sé que el cambio puede ser algo incómodo, muchachos. Sin embargo, debemos empezar a asumir que el señor Fernet ya no volverá —Se echó una mano a la frente—. me temo que esto es un pesar.
—¿Qué insinúas? —preguntó el ratón de sombrero.
—No lo sé, sombrero. No lo sé... ni quiero saber… —agachó la cabeza.
En ese momento, entendieron que se trataba de un asunto más serio del supuesto. Guardaron silencio producto de la terrorífica idea de verse ante un Fernet difunto.
—Ta-tal vez se trate de u-na falsa a-alarma. To-todos estaremos bien. Ta-tal vez Don Fernet regrese, vivo, y esté bien.
El rostro gris de los demás pericotes hizo que aquella sonrisa que Yinyet había formado mientras pronunciaba lo anterior, se borrase con rapidez
—¿No es así, chi-chicos?
El rostro gris de los demás pericotes hizo que aquella sonrisa que Yinyet había formado mientras pronunciaba lo anterior, se borrase con rapidez
—¿No es así, chi-chicos?
—No. ¡Ya basta de engañarnos! —sollozó Sombrero mientras se ponía de pie amenazando con marcharse—. El viejo tiene razón, ¡Fernet ha muerto!
—Siéntate, por favor, siéntate. La partida todavía no acaba. —dijo el viejo Nolberto restándole importancia. Tragó un poco de vino y continuó desanimado—. La hija de doña Vincé y don Fernet no ha salido de su habitación en días, y como habrán notado, cuando baja al salón lo hace exclusivamente para tocar el piano de su padre.
Los demás ratones asintieron.
—Comprendo que la repentina sobriedad de doña Vincé sea un motivo pobre para sugerir el inicio de una crisis, pero no negarán, ratones míos, que sus noches de llanto retumban en cada rincón de esta casa.
Los ratones volvieron a asentir, haciéndose ver apenados.
—¡Cuánto negro veo en la casa! —continuó Nolberto inspirado por llevar la razón—. Veo negro en cada prenda de vestir, negro en la comida rancia y en la basura acumulada; también en las cartas que recibe la señora, y además veo negro hasta programación de la radio.
Los ratones asintieron una tercera vez.
—No nos olvidemos de la poca comida de los estantes. —tomó la palabra el ratón de sombrero—. A este paso acabaremos hurgando en la basura como simples ratas.
—¿Ra-ratas? —Preguntó Yinyet temeroso.
—Eso, como simples ratas.
—Señores, señores, no seamos ser extremistas. —exclamó Astrade, que se notaba sospechosamente más atento de lo acostumbrado—. Ya verán que pronto la señora buscará provisiones y recuperaremos nuestros estándares.
—¿Estándares? —increpó Sombrero. ¿Te refieres a los estándares que gozabas tú y solo tú, rata privilegiada, gracias a la señorita Melissa?
—¡Sombrero! —gritó Nolberto—. No nos compete mencionar eso.
Astrade guardó silencio mientras buscaba una respuesta ingeniosa.
—Mi relación con la señorita Melisa no se trata más que de un…
—Mi relación con la señorita Melisa no se trata más que de un…
—¡Sa-sa-sa-sacrilegio, sacrilegio! —interrumpió un Yinyet entrando a crisis. ¡Se van se van de aquí y no vo-volverán! Todos, todos se irán… los muebles, las sillas, los mante-te-les y los cubiertos. La, la alfombra, la mesa y hasta las ve-ventanas. Eventuralmemente, se, se, se, se ¡irán las señoras! ¡No-no-nos quedaremos solos! ¡Solos para siempre!
—No, no así, Yinyet, solo exageras —dijo el viejo con voz noble, en un inútil intento por controlar la situación.
Mientras el viejo Nolberto se esforzaba por aba tratando de moderar el pánico de los demás ratoncillos, el sonido de un piano preponderó sus palabras. Los ratones quedaron desconcertados con la melodía Erbarme dich que sonaba en el salón. Aunque los lamentos no cesaron sino hasta las palabras de Astrade, este se se volvió para contemplar a la mujer en el piano, consiguió llegar hasta el rincón con prudente disimulo, sin embargo, los demás ratones, que ya le tenían el ojo encima, lo siguieron con la mirada.
—¿Qué fue lo que sucedió? —Se acercó Sombrero.
Astrade continuaba confuso, con los ojos fijamente engatusados hacia la señorita Melissa. Contemplaba frenético a la muchatita mientras recordaba las aventuras amorosas que vivió en el pasado y que seguramente, no volverían a vivir.



