1820: La Noche de Morden
En Lounja, un pueblecillo al norte de Roussel, la gente era vista como muchedumbre. Para los ojos políticos, sus habitantes eran un gentío que reposaba ingenuo en tierras codiciadas sólo por unos pocos egresados de economía que residían allí eventualmente por trabajo. Ya que, a pesar de que Lounja se hallaba sumergido en escasez laboral interminable, era este pueblo quien acogía al Banco General de Impuestos, y, aunque todo aquel profesional encontraba extraño este hecho, no cabía más opción que viajar hasta las tierras malsonadas de Lounja para laburar.
Aunque las cosas allí no resultaron nunca ágiles para sus habitantes, es fácil encariñarse con el pueblito, y basta caminar unos metros para tomar en cuenta la dura realidad de los nativos que solía conmover a los extranjeros burgueses, pues, cada semana, era común que el alcalde recibiera cheques anónimos adjuntos a frases solidarias. Mas ni el alcalde, ni el consejo de la cuidad, gustaba vivir de limosnas, ellos compartían la proyección que hizo alguna vez un crítico de un reconocido diario, «Lounja es un pueblo expectante ante una nueva industria que traerá rabietas a los pobres, y codicia para los ricos».
Aunque las cosas allí no resultaron nunca ágiles para sus habitantes, es fácil encariñarse con el pueblito, y basta caminar unos metros para tomar en cuenta la dura realidad de los nativos que solía conmover a los extranjeros burgueses, pues, cada semana, era común que el alcalde recibiera cheques anónimos adjuntos a frases solidarias. Mas ni el alcalde, ni el consejo de la cuidad, gustaba vivir de limosnas, ellos compartían la proyección que hizo alguna vez un crítico de un reconocido diario, «Lounja es un pueblo expectante ante una nueva industria que traerá rabietas a los pobres, y codicia para los ricos».
Farme E. Morden, como analista en economía, protestaba con varias críticas a estas apuestas. Para él, y muchos otros colegas, implantar una industria comercial en Lounja no sería más que un suicidio regional. Morden había enviado diferentes cartas al consejo argumentando sus visiones pesimistas sobre el asunto, la última de ellas resultó tan conmovedora —o insistente—, que el mismísimo alcalde prometió una respuesta pasada la Navidad, haciendo que los días transcurrieran con suspenso para el muchacho.
La tensión de esa semana incrementó cuando Morden fue invitado a una de las casas de Leen M. Garlefi, a las afueras del pueblo. La tarjeta que recibió estaba bordaba con letras doradas y relucía en sus manos. La oficina entera dio un saltó al ver que el mismísimo jefe le había entregado la invitación a uno de los empleados más controvertidos del departamento. Todos, incluso Morden, sospecharon al instante que se debía a su reciente polémica sobre las cartas enviadas al alcalde (sobretodo por la contestación que recibiría). Morden, supo entonces, que su asistencia a la fiesta no significaría un cambio para Lounja, pero al menos podría hacerse un hueco en los cargos reconocidos del concejo.
Aunque a Morden le habría venido bien repartir apretones de manos con los de arriba para hacerse notar, sus ambiciones en esa casa estaban más bien engatusadas por Helen, la bella hijastra de Garfeli, una señorita de clase alta con quien había compartido unas pocas charlas casuales en la empresa.
Aunque a Morden le habría venido bien repartir apretones de manos con los de arriba para hacerse notar, sus ambiciones en esa casa estaban más bien engatusadas por Helen, la bella hijastra de Garfeli, una señorita de clase alta con quien había compartido unas pocas charlas casuales en la empresa.
Pocas cosas apasionaban más a Morden que su trabajo, aunque ocasionalmente, durante sus horas de labor, el culto a la chiquilla y a su tersa piel morena que casi siempre venía envuelta en pretenciosos vestidos del extranjero, le invadían la mente. Aprovechando las tardes calmadas de jornada, Morden dibujaba, oculto tras el escritorio, aquellas curvas «ingratas» que se paseaban por la empresa del señor Garfeli, donde él mismo se había ganado un puesto. Sin embargo, desde que recibió la invitación al festín, no hizo mas que pensar en su aroma al acercarse, en las palabras que le soltaría a tan culta dama, y por supuesto pensaba en el regalo que sostendría en brazos al saludar.
Tan especial resultaba ser la velada para Moden, que no tuvo mejor idea en mente: estrenar un caro traje frac que, con extremo cuidado, colgaba hacía meses en el ropero de su habitación. Morden dio un salto hasta allí y, emocionado, se colocó las prendas, no sin antes contemplar la alta calidad del ropaje, y deleitar su tacto con los finos bordados y colores discretos que recordaban a su dueño original, un viejo sifrino quien, en uno de sus importantes viajes, se quedó en apuros y la humilde casa Farme sería el único lugar que encontraría como posada.
Por primera vez, Morden parecía sentirse cómodo consigo mismo y su apariencia. Desde hacía mucho su ánimo decaía por las noches, al revivir sus complejos económicos y envidiar las aguas de los ejecutivos carcundos que agobiaban sus tardes laborales. Mas en esta ocasión, su mente ocupábase campante ante al espejo, quien no hacía más que reflejar a un hombre lleno de seguridad y firmeza en la mirada.
Era su bien entallado pantalón negro acompañando de aquel terno azul frac. Eran sus botones dorados encargados de asomar un abdomen firme y juvenil. Era el cabello bien peinado luciendo brillante aún para la tenue claridad de la habitación, y era aquella barba rebelde regalándole masculinidad en la sonrisa. Era un hombre reluciente adentrándose al mundo Era Morden Farme ante el espejo, un loujonense desbordando elegancia
Unos pasos bruscos interrumpieron la escena.
Unos pasos bruscos interrumpieron la escena.
—Morden, abre. —gritó la madre tras la puerta.
—¿Qué sucede, mujer? —respondió desatento—. Estás importunándome.
—¿Puedes abrirme, por favor?
—No, aún no he acabado de vestirme.
—¿Y cómo te ves?
—Como los ángeles— bromeó, y alzó la voz entre risas—. La misma noche me lo ha dicho
—Abajo hay una recadera, viene en nombre de los Lee.
Morden frunció el ceño y soltó finalmente el corbatín que tanto trabajo le estaba costando armar. Abrió ligeramente la puerta y asomó el rostro:
—¿Sabes qué mensaje nos trae?
La mujer guardó un silencio apenada y afirmó con la cabeza.
—Ya dime. Debo volver a cambiarme.
—Los Lee cancelaron el festín.
Un frio viento de vergüenza arribó a rostro y se tiñó de rojo, mientras guardaba silencio sin poder imaginarse cuál sería su siguiente palabra.
—¿Por qué no bajas a hablarle? Es posible que se trate de un...
—No, mujer, ya váyase, y que la recadera se marche también— interrumpió Morden furioso mientras cerraba la puerta.
La señora Farmen entendió entonces la cruda situación del muchacho, y decidió bajar a despedir a la recadera.
—¡Bastardos! ¡Qué sucios y mentirosos! —gritó Morden.
En efecto, el festín se desarrolló con normalidad, fue el joven el único malsufrido que recibió una cancelación. Se trató de una petición del alcalde, quien en un gesto desesperado de poderío, alejaba de sus círculos a todo aquel que protestase de sus visiones, incluso si se tratase de un festín amigable como el de esta ocasión.
—¿Qué sucede, mujer? —respondió desatento—. Estás importunándome.
—¿Puedes abrirme, por favor?
—No, aún no he acabado de vestirme.
—¿Y cómo te ves?
—Como los ángeles— bromeó, y alzó la voz entre risas—. La misma noche me lo ha dicho
—Abajo hay una recadera, viene en nombre de los Lee.
Morden frunció el ceño y soltó finalmente el corbatín que tanto trabajo le estaba costando armar. Abrió ligeramente la puerta y asomó el rostro:
—¿Sabes qué mensaje nos trae?
La mujer guardó un silencio apenada y afirmó con la cabeza.
—Ya dime. Debo volver a cambiarme.
—Los Lee cancelaron el festín.
Un frio viento de vergüenza arribó a rostro y se tiñó de rojo, mientras guardaba silencio sin poder imaginarse cuál sería su siguiente palabra.
—¿Por qué no bajas a hablarle? Es posible que se trate de un...
—No, mujer, ya váyase, y que la recadera se marche también— interrumpió Morden furioso mientras cerraba la puerta.
La señora Farmen entendió entonces la cruda situación del muchacho, y decidió bajar a despedir a la recadera.
—¡Bastardos! ¡Qué sucios y mentirosos! —gritó Morden.
En efecto, el festín se desarrolló con normalidad, fue el joven el único malsufrido que recibió una cancelación. Se trató de una petición del alcalde, quien en un gesto desesperado de poderío, alejaba de sus círculos a todo aquel que protestase de sus visiones, incluso si se tratase de un festín amigable como el de esta ocasión.
Y así se quedó Morden, una vez más, agonizante bajo la luz pretenciosa de la luna. Sentado en el balcón de la habitación, rodeado de pocas botellas de vino, arropando su mirada en los ornamentos del lugar.
Habían pasado años desde que la costumbre de improvisar versos feroces sentado allí, se volvió casi como una religión. el hombre acudía a dialogar con la tranquilidad de la noche y recitaba conmocionado sus pensamientos en cada velada que lo mereciera:
—Pero si viérenme herido, agitarían sus relojes. Y si viérenme rendirme, serían tan felices. ¡Ah, pero esos súbditos del dinero no se me comparan —recitó en voz baja, mientras encendía torpemente un cigarillo y pensaba en las siguientes líneas:
—¡No saben quién soy! Mienten sobre mí. ¡Pútridos! Cancelarme es una prueba de su irreverente educación. Suponen que jugarme sucio es un placer —sintió calentura en la sangre y continuó—.
¡La prensa me esperaba! ¡A mí! ¡Seguramente querrían hablar conmigo! Esa ceremonia no solo me allegaría a Helen, sino daríame la oportunidad de debatir con el ministro. Su jugaba me hará quedar como un cobarde.
¡La prensa me esperaba! ¡A mí! ¡Seguramente querrían hablar conmigo! Esa ceremonia no solo me allegaría a Helen, sino daríame la oportunidad de debatir con el ministro. Su jugaba me hará quedar como un cobarde.
Calló nuevamente, esta vez para saborear el tinto borgoñés extrañamente nutrido de amargor, y continuó aún más eufórico, rayando a los gritos: —¡Soy Morden E. Farmen! El loujonense más cuerdo de este maldito circo político, al menos yo estoy seguro de serlo. De tener frente a ese tal Garfeli, sentado en su trono dictatorial, con manospuercas, dirigiendo a sus sabandijas encorbatadas, vomitaríale cientos de verdades. Dejaría sus oídos ipsofacos con tanta protesta, y desenfrenado por el odio, lo golpearía hasta la muerte —apoyó las manos sobre el suelo, y dio un impulso contundente, consiguiendo ponerse de pie. Se mantuvo pensando en sus últimas palabras y concluyó que eso tenía más odio que verso. Se recostó sobre la baranda.
La noche que, por la ventana de Morden, lo había contemplado atenta por varias horas, primero lúcido con aquel vestuario elegante y ahora con la mirada agonizante pero firme en ella, (aunque enrojecida por la ebriedad), notó los encantos del muchacho y se compadeció de él.
La noche de Lounja era fría, siempre fría y observadora, como los añorables ancianos de los parques que vio desaparecer, como el mar silencioso que sonreía al verle. La noche, además, era inmensa y tétrica, serena pero imponente, y ocultaba en su oscuridad cientos de inseguridades. No dudada en castigar con frialdad a los mendigos cuando orinaban en sus calles; y a los políticos cuando aventuraban pasiones de segunda, incluso ventarroneaba a los enfermos cuando se levantaban en madrugadas a gemir de dolor y perturbaban su silencio asociado. Morden desconocía todos los caprichos que la noche estaría por atribuirse con él. Ni siquiera imaginaba que, ahí parado, con esas fachas desarregladas, hubiera podido conquistar lo inconquistable.
Mientras de Morden resbalaba una lágrima, y su cabeza se inclinaba lentamente hacía abajo, una suave brisa tibia le sacudió la mejilla. El joven sintió una caricia en el rostro. Aunque sin darle mucha importancia, se acomodó un par de botones, recuperó la postura, y cerró la puerta del balcón, entrando nuevamente al cuarto.
La noche enternecida, quien solo podía interactuar a través viento y sombra, rebuscó los agujeros de la habitación y consiguió entrar por el seguro de la puerta.
Y se quedó para verlo dormir. Se quedó contemplándolo con tanta paciencia que el tiempo parecía no correr. Lo miraba con dulzura y con ilusión, y acariciaba su frente con un extraño viento negro que logró materializar para sentir la piel de Morden.
Al despertar, las cosas se pusieron mejor para Morden. El saludo afectuoso de su madre, al salir de casa, le anunciaría una mañana cargada de buenas noticias. En primer lugar, tras unos minutos de labor en la oficina, Morden recibiría las disculpas correspondientes por parte de la mísmima Helen. No sería la primera ocasión en que los dos interactuasen con tan amenamente, pero sí sería, -quizás aprovechándose un poco de lo sucedido- para invitar a salir a la señorita. Quien aceptaría gustosa y con la única condición de que su padre, Garfeli, mismo jefe del joven, no se enterase por ningún motivo. Los siguientes días, estuvieron tan influenciados por la señorita, que el suspenso propio de la respuesta del alcalde se diluyó con rapidez. Y finalmente llegó su respuesta. Para sorpresa de morden, se trataba de una positiva. Y así continuó. La señorita y él salieron al barco, restaurant, y todos los asuntos políticos que boicoteaban su existencia se iban. Mientras la noche lo oberbava, cada una de sus veladas, lo comtemplaba oportunamente bien arreglado, pues el joven se arreglaba para Helen. Y la noche lo admiraba con fervor.
Una tarde, la noche decidió pasarse más pronto de lo acostumbrado por Lounja, ya para las 5 de la tarde, había más noche que sol, y derrepente los vio. Sentados en el parque municipal, tan juntos como la prudencia les permitía acercarse. Tan lejos como pudieran estar. Y la noche recayó en celos. Gimió y tormentas trajo al ruina. Y hubo un llanto torrenciar sobre las calles de Lounja, y losmuchachos huyeron despavoridos a su casa. En esa ocasión, la noche decidió no observar a Morden, y observó a Helen, pudo identificarla con la inmensidad de su ser, y la halló y pronto notó el motivo de su cambio. Su piel morena. La noche consigió reflejarse en el mar, y se vio a sí misma negra y tétrica, punteada de clores de estrella, pero finalmente negra. Y envidió su color piel moreno tan caraterístico y se enfadó.
Conversó con el sol y le pidió que al menos por unos días, este se fuera mas temprano, para así poder llevar su plan acabo.
Al despertar, las cosas se pusieron mejor para Morden. El saludo afectuoso de su madre, al salir de casa, le anunciaría una mañana cargada de buenas noticias. En primer lugar, tras unos minutos de labor en la oficina, Morden recibiría las disculpas correspondientes por parte de la mísmima Helen. No sería la primera ocasión en que los dos interactuasen con tan amenamente, pero sí sería, -quizás aprovechándose un poco de lo sucedido- para invitar a salir a la señorita. Quien aceptaría gustosa y con la única condición de que su padre, Garfeli, mismo jefe del joven, no se enterase por ningún motivo. Los siguientes días, estuvieron tan influenciados por la señorita, que el suspenso propio de la respuesta del alcalde se diluyó con rapidez. Y finalmente llegó su respuesta. Para sorpresa de morden, se trataba de una positiva. Y así continuó. La señorita y él salieron al barco, restaurant, y todos los asuntos políticos que boicoteaban su existencia se iban. Mientras la noche lo oberbava, cada una de sus veladas, lo comtemplaba oportunamente bien arreglado, pues el joven se arreglaba para Helen. Y la noche lo admiraba con fervor.
Una tarde, la noche decidió pasarse más pronto de lo acostumbrado por Lounja, ya para las 5 de la tarde, había más noche que sol, y derrepente los vio. Sentados en el parque municipal, tan juntos como la prudencia les permitía acercarse. Tan lejos como pudieran estar. Y la noche recayó en celos. Gimió y tormentas trajo al ruina. Y hubo un llanto torrenciar sobre las calles de Lounja, y losmuchachos huyeron despavoridos a su casa. En esa ocasión, la noche decidió no observar a Morden, y observó a Helen, pudo identificarla con la inmensidad de su ser, y la halló y pronto notó el motivo de su cambio. Su piel morena. La noche consigió reflejarse en el mar, y se vio a sí misma negra y tétrica, punteada de clores de estrella, pero finalmente negra. Y envidió su color piel moreno tan caraterístico y se enfadó.
Conversó con el sol y le pidió que al menos por unos días, este se fuera mas temprano, para así poder llevar su plan acabo.
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Los acontecimientos

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