Tenía
una flor en la maleta. Una pequeña flor teñida de amarillo intenso y pétalos
cortos finamente adornados por manchas ocres dispersas e imponentes. Aquella se
hallaba ciertamente invadida con algo de suciedad y unos cuantos raspones
pequeños producto — lamento confesar— de vivir varios días en la penumbra de mi
maleta; entre libretas y lápices. Por supuesto, mi intención inicial no fue
nunca que la florecilla terminara así, mas me temo que allí la abandoné después
de una conmovedora experiencia que, aunque no me atrevo a resaltar con
detalles, debo aludir por motivos afines a esta redacción.
En primer lugar, aclaro que aquella flor de girasol
nunca me perteneció. Se trataba de un sencillo detalle que un cercano —o más
bien concurrido— amigo mío guardaba para su negocio floral. Por azares del
pestañeo, en una de sus ligeras visitas a mi casa, aquella florecita fue
olvidada en el rincón izquierdo de mi mesa de cristal. Allí fue donde días más
tarde —al hacer la santa limpieza dominical— la encontraría linda y tenebrosa,
tensa y algo cálida en las manos, y bella; tan bella y deslumbrante como un
reloj de oro, tan amarillo como el oro, y tan seria como el propio reloj
barato, seguramente barato como la flor que refiere a este cuento. Quizás este
último dato —su poco valor económico— hízome pronto olvidar aquel artilugio que
se encontraba reposante en mis manos empolvadas por minutos enteros llenos
contemplación.
Sin embargo, —y volviendo a los azares del
pestañeo— observar a esa flor dorada era prácticamente como mirar a Victoria P,
hija de Juan P. y sobrina de Don Fernet.
Tan enamorado de la literatura y la poca
cordura estaba yo, que obsequiar a Victoria P. esta flor parecióme, por un
engatusado momento de romanticismo, una grandísima idea.
Aproveché una de las agitadas ocasiones que
nos citaba lo académico, y en su tercera sonrisa, tras su octava mirada, y
justo en su décima segunda palabra hacia mí, le ofrecí la flor de girasol que
guardaba cuidadosamente envuelta en papel —gesto evidentemente absurdo,
sabiendo que se trataba de una flor plástica—. Ella, tan bella como cruel, por
supuesto, tan sensata en sus palabras, no dudó en arrebatarme la ilusión y desdeñó
—espero no malintencionadamente— mi detalle diciendo:
—Llévatela. llévatela y tráemela, no sin
antes haberla lavado-. —Porque la flor sucia está, y si continúa así,
continuará contigo—.
Ciertamente sus palabras no resultáronme un puñal. Asentí sin
rebatir demasiado la cuestión y con un gesto más o menos brusco metí la flor de
regreso en la maleta, donde ha permanecido días hasta la actualidad. En esta
actualidad de la que hablo, las cosas ya han cambiado más de lo que cualquier
lector podría esperar. Pero no se trata de mí y de mi probable —aunque inexistente—
resentimiento. Texteo estas líneas
para registrar, con fe en la cordura— y cordura en las letras— mi extraña
experiencia 13 días después de lo ya narrado. 13 días de absoluta indiferencia
a la flor, indiferencia al contenido de la maleta, e indiferencia a Victoria
P.
En una de mis agitadas vueltas a la vivienda
33 de la calle 22, avisando mi llegada a la absurdez de la compañía y
penetrando rápidamente en mi habitación para acomodarme; dejé mi pesada maleta
cerca a la puerta, prácticamente desierta y medio abierta. No tardé en oír la
voz de mi hermano vociferando a gritos:
—¡Recoge tus desgracias, apresúrate!
—Silencio —Repliqué enojado.
—Voy
ahora, solo no me increpes más con esa voz de ácaro.
Al volver al salón, encontré el viejo maletín
más aparatosamente tirado en el suelo (más que como lo hube dejado al llegar)
quizás; obra de Musset, mi hermano menor, en un intento por justificar sus
gritos.
Naturalmente tuve que recoger varios de los
objetos que por la propia gravedad terrestre —y la evidente vejez de la maleta—
habían caído al suelo.
Después de reacomodar cinco libretas y tres
plumas de acero, encontré la flor bendita, la flor que protagoniza mis
pesadillas hoy. En ese momento, levanté todo en un montón y lo llevé de mala
gana hasta mi amplia cama de madera negra. Repasé ágilmente con la vista cada
uno de los artículos recogidos, y cuando llegué a la florcilla exclamé irónico
(aunque en voz baja para no oírme como un loco):
—¡Vaya! ¿Y ahora qué haré contigo?
—Sonreí.
— (...)
Guardé unos segundos de silencio al ser
apoderado por el recuerdo de Victoria P. rechazando mi ofrenda y —ciertamente
enfadado— concentré regular fuerza en la mano derecha que sujetaba recelosa a
la flor y… apretujé. Apretujé tan fuerte como la cordura me lo permitía, oprimí
los dedos con tanta mala intención que el viento huyó de la habitación y tuve
que respirar fuerte para traerlo de vuelta.
—Bueno, no hay modo; habrá que darte una
paliza, flor. No es que quiera, es que te la mereces— Recité al aire (según
creía) y me dispuse a reacomodar mis mangas, como si de un rufián se tratase.
Procedí a apalizarla tan cruel como, de nuevo —me permitía la cordura—Y cuando
estaba a punto de arrancar otro de sus últimos pétalos amarillos de oro, la
flor decadente me dijo —Basta—. Ya entre dolor y suspiros de muerta.
—¡Basta!
pare ya… ¡Inhumano y cruel! —Me acusó enojada, aunque con poca energía.
Confieso que ni en
broma por mi cabeza seca hubiera bailado una reflexión tan húmeda referente al
estado de consciencia de aquella flor parlante. Pero ahí estaba, increpándome
su dolor.
—¿Flor? — Pregunté
fingiendo sorpresa. Pues ya había asimilado la extrañeza del momento.
—¡Deténgase,
bastardo!
—¿Desde
cuándo puedes hablar? —Continué curioso.
—¿Desde
cuándo maltrata flores? —Preguntó avispada, pero con voz moribunda.
Guardé
silencio y desapreté mis manos en un inútil intento por verme más
vulnerable.
—¡No!
—Volvió a gritarme.
Abrí
los ojos con evidente curiosidad.
—¡No! ya no me suelte—
dijo con firmeza y resignación; luego guardó silenció mientras esperaba el
desprendimiento doloroso de otro pétalo y entrecerraba lo que supuse, serían
sus pequeños ojos marrones, entonces continuó explicando:
—igualmente voy a
morir, cuanto menos le imploro; me emboque—
—¿Disculpa?
—Devóreme— reafirmó
con dramatismo y un tono nuevamente agonizante, tal como un anciano en sus
últimas horas.
—(...)
—Ya me ha matado. Y no
intenté luchar con usted. Tampoco busco confesar su demencia a sus allegados.
Como honor a mi memoria, ¿podría solo comerme pasada mi defunción?
Tragué
saliva nervioso.
—¿Me
complacería?
—¿Cuál
es tu fin, flor? —Mostré escepticismo.
—Demostrarle
que usted es un bastardo.
Sonreí
confiado.
—¡Ya
muchos lo han intentado! ¿Qué te hace pensar que lo conseguirás?
—Mi
sabor.
Entonces, música suave
de violín comenzó a oírse desde el salón principal de la vieja pero lujosa casa
en la que me hospedaba. Las luces frescas de la ventana fueron acalorándose
lentamente y alumbraron con dramatismo el discurso de mi víctima:
—Mi sabor. Mi sabor
intenso de inocencia mascado por dientes culposos, ensalivados por una lengua
negra de pretensiones y volátiles mentiras que carga con cierto orgullo. Por
eso busco que mi sabor sea autor de la reflexión de su psykhe, que como un regalo a la justicia, mi gusto le remueva las
tripas y el cerebro; le caliente la frívola mirada y por supuesto, que sufra
una mínima parte del dolor vivido por mí. Es un gran trato, más a mi favor que
al suyo, pero por su parte, tendrá algo de emoción en la boca.
La escuché
conmocionado, con un poco de ansiedad en los dedos y una gota de sudor clásica
de estas escenas tan apretadas. Consecuente, no solté ni una sola palabra más y
asentí casi telepáticamente y con un poco de ayuda de los ojos húmedos que
lucía.
Entonces ella murió. Y
yo dejé de temblar. Volví a apretar los dedos, esta vez sin odio, casi como si
quisiera reanimarla; pero era ya tarde. Se había ido. Me encontraba a mí mismo
sórdido y arrepentido, mirando al cadáver con un amarillo naturalmente pálido,
ya no intenso; y sin pétalos, prácticamente sin ningún pétalo sujeto a su piel
floral.
Lloré tan fuerte
—aunque en silencio—, lloré rígido y extrañé la crudeza de su agónica voz. Y
asentí, esta vez sí con la cabeza, nervioso y rápido, como si sufriera un
impulso de ansiedad por sentimentalismo y tomé uno de sus pétalos, de los más
pequeños que encontré en aquellos segundos de disposición. Lo vi frágil sobre
mi dedo índice; y lo introduje a mi boca tal como me lo pidió la flor.
No sé si la narrativa
me alcanza para describir, al menos superficialmente, lo que experimenté al
saborear. No sé siquiera si debería atreverme a, aunque sé que no sería
posible, opacar el discurso dramático de la florecilla con uno propio sobre mis
percepciones.
Tampoco puedo, ni
dispongo de voluntad para confesarle esto a mis círculos. Por ello plasmo lo
dicho en un inevitable cuento de terror para mí y mi soledad agobiante;
corrupta solo por unos constantes ataques de culpabilidad y recuerdos llorosos sobre
la flor.
¡¿Cuántas
veces he vomitado con objeto inútil de expulsar su sabor?! ¡¿Y cuántas veces he
comido flores, para reemplazar su olor?! Seguramente muchas veces, no puedo
afirmarlo con seguridad porque moriría por sobreesfuerzo; ya que años y años
han pasado, y no recuerdo cuántos...
No
recuerdo la ropa que llevaba aquel día, ni el rostro de los personajes
mencionados que, evidentemente, ya se han alejado de mí. Tampoco recuerdo mi
dirección, —de ahí mi afán de inventarme una—. No recuerdo más que lo escrito;
y seguramente no logre recordar otra cosa más, hasta el fin de mis días.


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