miércoles, 12 de junio de 2019

La flor y el bastardo







Tenía una flor en la maleta. Una pequeña flor teñida de amarillo intenso y pétalos cortos finamente adornados por manchas ocres dispersas e imponentes. Aquella se hallaba ciertamente invadida con algo de suciedad y unos cuantos raspones pequeños producto — lamento confesar— de vivir varios días en la penumbra de mi maleta; entre libretas y lápices. Por supuesto, mi intención inicial no fue nunca que la florecilla terminara así, mas me temo que allí la abandoné después de una conmovedora experiencia que, aunque no me atrevo a resaltar con detalles, debo aludir por motivos afines a esta redacción.


En primer lugar, aclaro que aquella flor de girasol nunca me perteneció. Se trataba de un sencillo detalle que un cercano —o más bien concurrido— amigo mío guardaba para su negocio floral. Por azares del pestañeo, en una de sus ligeras visitas a mi casa, aquella florecita fue olvidada en el rincón izquierdo de mi mesa de cristal. Allí fue donde días más tarde —al hacer la santa limpieza dominical— la encontraría linda y tenebrosa, tensa y algo cálida en las manos, y bella; tan bella y deslumbrante como un reloj de oro, tan amarillo como el oro, y tan seria como el propio reloj barato, seguramente barato como la flor que refiere a este cuento. Quizás este último dato —su poco valor económico— hízome pronto olvidar aquel artilugio que se encontraba reposante en mis manos empolvadas por minutos enteros llenos contemplación. 

Sin embargo, —y volviendo a los azares del pestañeo— observar a esa flor dorada era prácticamente como mirar a Victoria P, hija de Juan P. y sobrina de Don Fernet. 
Tan enamorado de la literatura y la poca cordura estaba yo, que obsequiar a Victoria P. esta flor parecióme, por un engatusado momento de romanticismo, una grandísima idea. 

Aproveché una de las agitadas ocasiones que nos citaba lo académico, y en su tercera sonrisa, tras su octava mirada, y justo en su décima segunda palabra hacia mí, le ofrecí la flor de girasol que guardaba cuidadosamente envuelta en papel —gesto evidentemente absurdo, sabiendo que se trataba de una flor plástica—. Ella, tan bella como cruel, por supuesto, tan sensata en sus palabras, no dudó en arrebatarme la ilusión y desdeñó —espero no malintencionadamente— mi detalle diciendo: 

—Llévatela. llévatela y tráemela, no sin antes haberla lavado-. —Porque la flor sucia está, y si continúa así, continuará contigo—. 

Ciertamente sus palabras no resultáronme un puñal. Asentí sin rebatir demasiado la cuestión y con un gesto más o menos brusco metí la flor de regreso en la maleta, donde ha permanecido días hasta la actualidad. En esta actualidad de la que hablo, las cosas ya han cambiado más de lo que cualquier lector podría esperar. Pero no se trata de mí y de mi probable —aunque inexistente— resentimiento. Texteo estas líneas para registrar, con fe en la cordura— y cordura en las letras— mi extraña experiencia 13 días después de lo ya narrado. 13 días de absoluta indiferencia a la flor, indiferencia al contenido de la maleta, e indiferencia a Victoria P. 

En una de mis agitadas vueltas a la vivienda 33 de la calle 22, avisando mi llegada a la absurdez de la compañía y penetrando rápidamente en mi habitación para acomodarme; dejé mi pesada maleta cerca a la puerta, prácticamente desierta y medio abierta. No tardé en oír la voz de mi hermano vociferando a gritos: 
—¡Recoge tus desgracias, apresúrate! 
—Silencio —Repliqué enojado.
 —Voy ahora, solo no me increpes más con esa voz de ácaro.
Al volver al salón, encontré el viejo maletín más aparatosamente tirado en el suelo (más que como lo hube dejado al llegar) quizás; obra de Musset, mi hermano menor, en un intento por justificar sus gritos. 
Naturalmente tuve que recoger varios de los objetos que por la propia gravedad terrestre —y la evidente vejez de la maleta— habían caído al suelo. 
Después de reacomodar cinco libretas y tres plumas de acero, encontré la flor bendita, la flor que protagoniza mis pesadillas hoy. En ese momento, levanté todo en un montón y lo llevé de mala gana hasta mi amplia cama de madera negra. Repasé ágilmente con la vista cada uno de los artículos recogidos, y cuando llegué a la florcilla exclamé irónico (aunque en voz baja para no oírme como un loco):
—¡Vaya! ¿Y ahora qué haré contigo? —Sonreí. 
— (...)
Guardé unos segundos de silencio al ser apoderado por el recuerdo de Victoria P. rechazando mi ofrenda y —ciertamente enfadado— concentré regular fuerza en la mano derecha que sujetaba recelosa a la flor y… apretujé. Apretujé tan fuerte como la cordura me lo permitía, oprimí los dedos con tanta mala intención que el viento huyó de la habitación y tuve que respirar fuerte para traerlo de vuelta. 


—Bueno, no hay modo; habrá que darte una paliza, flor. No es que quiera, es que te la mereces— Recité al aire (según creía) y me dispuse a reacomodar mis mangas, como si de un rufián se tratase. Procedí a apalizarla tan cruel como, de nuevo —me permitía la cordura—Y cuando estaba a punto de arrancar otro de sus últimos pétalos amarillos de oro, la flor decadente me dijo —Basta—. Ya entre dolor y suspiros de muerta.  




—¡Basta! pare ya… ¡Inhumano y cruel! —Me acusó enojada, aunque con poca energía.

Confieso que ni en broma por mi cabeza seca hubiera bailado una reflexión tan húmeda referente al estado de consciencia de aquella flor parlante. Pero ahí estaba, increpándome su dolor. 
—¿Flor? — Pregunté fingiendo sorpresa. Pues ya había asimilado la extrañeza del momento.
—¡Deténgase, bastardo!
—¿Desde cuándo puedes hablar? —Continué curioso.
—¿Desde cuándo maltrata flores? —Preguntó avispada, pero con voz moribunda. 

Guardé silencio y desapreté mis manos en un inútil intento por verme más vulnerable. 
—¡No! —Volvió a gritarme. 
Abrí los ojos con evidente curiosidad. 
—¡No! ya no me suelte— dijo con firmeza y resignación; luego guardó silenció mientras esperaba el desprendimiento doloroso de otro pétalo y entrecerraba lo que supuse, serían sus pequeños ojos marrones, entonces continuó explicando:
—igualmente voy a morir, cuanto menos le imploro; me emboque—
—¿Disculpa?
—Devóreme— reafirmó con dramatismo y un tono nuevamente agonizante, tal como un anciano en sus últimas horas. 
—(...) 
—Ya me ha matado. Y no intenté luchar con usted. Tampoco busco confesar su demencia a sus allegados. Como honor a mi memoria, ¿podría solo comerme pasada mi defunción?
Tragué saliva nervioso.
—¿Me complacería?
—¿Cuál es tu fin, flor? —Mostré escepticismo. 
—Demostrarle que usted es un bastardo.
Sonreí confiado. 
—¡Ya muchos lo han intentado! ¿Qué te hace pensar que lo conseguirás?
—Mi sabor. 

Entonces, música suave de violín comenzó a oírse desde el salón principal de la vieja pero lujosa casa en la que me hospedaba. Las luces frescas de la ventana fueron acalorándose lentamente y alumbraron con dramatismo el discurso de mi víctima:

—Mi sabor. Mi sabor intenso de inocencia mascado por dientes culposos, ensalivados por una lengua negra de pretensiones y volátiles mentiras que carga con cierto orgullo. Por eso busco que mi sabor sea autor de la reflexión de su psykhe, que como un regalo a la justicia, mi gusto le remueva las tripas y el cerebro; le caliente la frívola mirada y por supuesto, que sufra una mínima parte del dolor vivido por mí. Es un gran trato, más a mi favor que al suyo, pero por su parte, tendrá algo de emoción en la boca. 

La escuché conmocionado, con un poco de ansiedad en los dedos y una gota de sudor clásica de estas escenas tan apretadas. Consecuente, no solté ni una sola palabra más y asentí casi telepáticamente y con un poco de ayuda de los ojos húmedos que lucía. 

Entonces ella murió. Y yo dejé de temblar. Volví a apretar los dedos, esta vez sin odio, casi como si quisiera reanimarla; pero era ya tarde. Se había ido. Me encontraba a mí mismo sórdido y arrepentido, mirando al cadáver con un amarillo naturalmente pálido, ya no intenso; y sin pétalos, prácticamente sin ningún pétalo sujeto a su piel floral. 

Lloré tan fuerte —aunque en silencio—, lloré rígido y extrañé la crudeza de su agónica voz. Y asentí, esta vez sí con la cabeza, nervioso y rápido, como si sufriera un impulso de ansiedad por sentimentalismo y tomé uno de sus pétalos, de los más pequeños que encontré en aquellos segundos de disposición. Lo vi frágil sobre mi dedo índice; y lo introduje a mi boca tal como me lo pidió la flor. 

No sé si la narrativa me alcanza para describir, al menos superficialmente, lo que experimenté al saborear. No sé siquiera si debería atreverme a, aunque sé que no sería posible, opacar el discurso dramático de la florecilla con uno propio sobre mis percepciones. 
Tampoco puedo, ni dispongo de voluntad para confesarle esto a mis círculos. Por ello plasmo lo dicho en un inevitable cuento de terror para mí y mi soledad agobiante; corrupta solo por unos constantes ataques de culpabilidad y recuerdos llorosos sobre la flor. 

¡¿Cuántas veces he vomitado con objeto inútil de expulsar su sabor?! ¡¿Y cuántas veces he comido flores, para reemplazar su olor?! Seguramente muchas veces, no puedo afirmarlo con seguridad porque moriría por sobreesfuerzo; ya que años y años han pasado, y no recuerdo cuántos...

No recuerdo la ropa que llevaba aquel día, ni el rostro de los personajes mencionados que, evidentemente, ya se han alejado de mí. Tampoco recuerdo mi dirección, —de ahí mi afán de inventarme una—. No recuerdo más que lo escrito; y seguramente no logre recordar otra cosa más, hasta el fin de mis días.

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