Los relatos del viejo Gnomo:
El duende de Sarmiento
—Se dice que, en el
año 736, justamente después la inesperada muerte de la Reina Orca XVI a manos
del Rey de Aragón… dicen —y me permito redundar, jóvenes— ¡Cuentan por ahí!... que
existió un pequeño duende feliz en el norte de la provincia de Caraluna...
—¿Un duende feliz? —interrumpieron
los niños en coro.
—Así es. Existió un
duende siempre feliz...
—¿Y cómo se llamaba?
—preguntó uno de ellos desde el fondo.
—Nadie sabe… nadie
sabe. Pero les voy a con...
—¿Y qué pasó con él?
—Bueno… él estaba
feliz.
—¿Qué tan feliz? —insistió el joven orco.
—Mucho. Tan feliz
como pued...
—¿No todos los
duendes están felices?
—Algunos sí. —respondió irritado el anciano Gnomo.
—¿Y por qué este
tiene su historia?
El viejo anciano
Gnomo soltó un suspiro que intimidó ligeramente a los niños. Acomodó sus lentes para observar con más facilidad al joven curioso que se hallaba sentado en el fondo de la pequeña multitud de infantes. Se traba de Jonás, Jonás
Tercero, el hijo tercero del cazador del pueblo. Un diablillo —según decían en la Aldea—, mas, lejos parecerle algo malo, el anciano se sintió complacido de que, al fin, un joven mostrara tanta intriga en su narración, tal como pasaba en sus tiempos añejos. —Cuando los
niños aún disfrutaban de los buenos cuentos—.
Rápidamente peinó sus cabellos blancos, y los encajó con cuidado bajo el sombrero de copa que solía llevar en faceta de narrador, y continuó hablando mientras revolvía las manos en su
maleta.
—Si me permiten
contarles, niños… hallarán pronto todas las respuestas a sus preguntas. No se
impacienten, no se impacienten que yo me impaciento y me marcho. —miró
acusante a Jonás.
—¡No! —gritaron
desanimados.
—¿No quieren que me
vaya verdad?
—¡No!
—Supongo que no
quieren quedarse hoy sin cuento.
—¡No, queremos cuento!
—¡Ajá! Entonces me
quedaré aquí —sonrió. —Lo primero que deben saber sobre el duende de Sarmiento, es lo que primero se sabe del duende de Sarmiento. Sarmiento es el duende que siempre ríe, pero nunca está contento.
—¿No está contento? —preguntaron los niños.
—Eso dije. El duende de Sarmiento nunca estuvo contento.
—¡Woooah! ¿Y qué le pasó? —preguntó Jonás nuevamente.
—Pues esuchen con mucha atención... ¡Hace mucho, mucho tiemp.. Pero antes…—se interrumpió —antes me disculparán, retoños. Pues a pesar de que he narrado infinidad de ocasiones este cuentecillo a sus padres, y a los padres de sus padres, la edad me juega en contra. —dijo antes de sacar un gran libro de su bolsón.
—¿No está contento? —preguntaron los niños.
—Eso dije. El duende de Sarmiento nunca estuvo contento.
—¡Woooah! ¿Y qué le pasó? —preguntó Jonás nuevamente.
—Pues esuchen con mucha atención... ¡Hace mucho, mucho tiemp.. Pero antes…—se interrumpió —antes me disculparán, retoños. Pues a pesar de que he narrado infinidad de ocasiones este cuentecillo a sus padres, y a los padres de sus padres, la edad me juega en contra. —dijo antes de sacar un gran libro de su bolsón.
Los niños guardaron
silencio, probablemente asombrados por lo majestuoso del libro. Similar a un
pedazo de madera y bastante cubierto de polvo.
—(...)
—¿Usted ya no se acuerda del cuento? —preguntó finalmente otro hombrecillo.
—(...)
—¿Usted ya no se acuerda del cuento? —preguntó finalmente otro hombrecillo.
—Por supuesto que me acuerdo. ¡Tengo el cuento completito en la memoria! Pero es cierto que esta cabeza de picozapato me falla lo suficiente
como para dejarme algunas parrafadas de este viejo libro. Y no quiero —miró al libro con nostalgia— no quiero que se
pierdan de algún detalle importante, pequeños. —aclaró con ternura. —Lo leeré
para ustedes—.
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Capítulo V. El duende de Sarmiento (borrador)
Hace mucho, mucho tiempo, en la provincia de Caraluna, en el norte de Aragón, vivió un joven duende simpático cuyo nombre, desafortunadamente, nadie sabe. Se le recuerda sonriente, siempre sonriente y feliz. ¡Quizás demasiado sonriente para lo felíz que estaba!
Después de la guerra en que nuestro valiente Don Santo Rey de Aragón, acabó con su esposa, la malvada Reina Orca de Aragón, se vivió un periodo feliz para el reino, libre de opresiones y maltratos, pero a su vez —y porque nada puede ser tan bueno como malo—, tal acontecimiento trajo un sinfín de problemas a la economía. Comenzó una era de hambre y desempleo que no acabaría hasta el año 901, año en que, por cierto, sería la muerte de Don Santo Rey de Aragón. El duendecillo de Sarmiento tuvo el infortunio de nacer justamente en el seno de aquella crisis, entre hambre y desolación.
En aquellos años, allá por el 901 A.C. la situación laboral era mas bien dificil. No había empleo, no había como volar al mundo humano ni mucho menos había forma de divertirse en las calles.
El joven Sarmiento vivió —según se dice— en una gran casa de madera. Justo al final del vecindario. Su madre, una sencilla ama de casa, y su padre; quizás el mejor panadero de Caraluna.
Continúa...
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Capítulo V. El duende de Sarmiento (borrador)
Hace mucho, mucho tiempo, en la provincia de Caraluna, en el norte de Aragón, vivió un joven duende simpático cuyo nombre, desafortunadamente, nadie sabe. Se le recuerda sonriente, siempre sonriente y feliz. ¡Quizás demasiado sonriente para lo felíz que estaba!
Después de la guerra en que nuestro valiente Don Santo Rey de Aragón, acabó con su esposa, la malvada Reina Orca de Aragón, se vivió un periodo feliz para el reino, libre de opresiones y maltratos, pero a su vez —y porque nada puede ser tan bueno como malo—, tal acontecimiento trajo un sinfín de problemas a la economía. Comenzó una era de hambre y desempleo que no acabaría hasta el año 901, año en que, por cierto, sería la muerte de Don Santo Rey de Aragón. El duendecillo de Sarmiento tuvo el infortunio de nacer justamente en el seno de aquella crisis, entre hambre y desolación.En aquellos años, allá por el 901 A.C. la situación laboral era mas bien dificil. No había empleo, no había como volar al mundo humano ni mucho menos había forma de divertirse en las calles.
El joven Sarmiento vivió —según se dice— en una gran casa de madera. Justo al final del vecindario. Su madre, una sencilla ama de casa, y su padre; quizás el mejor panadero de Caraluna.
Continúa...
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