Hay una bruja de cristal meneando su cucharón en un gran caldero de
aluminio y vidrio percudido. Revolcaba la paleta dentro de una extraña mezcla
viscosa que, de cuando en cuando, salpicaba a borbotones hasta el suelo terroso
del recinto. La bruja procedió entusiasmada. Hacía más de media velada que
contemplaba su obra con excitación, sintiéndose cada vez más orgullosa del
ánimo invertido en la poción que a ratos se mezclaba con las gotas del
sudor fugitivo de su rostro caucásico, mohoso, idealmente portador de esa
sonrisa amarillenta que soltaba al ojear a la cocción. Mientras tanto, en el rincón
derecho, bajo la segunda mesilla de pociones, un gato blanco de la costa sur del
«¡Ejéi, Picozapato, ejéi! ¡Ya e’ aquí!», gritó. «Falta… solo falta e’ último
engrediente», dijo burlona mientras le asomaba al animal una receta escrita en
papel dorado, «¡Una pata e’ gato! ¿No e’ gracioso, Picozapato? Tú e’ un gato.
Y pa’ ti e' la esencia» Y soltó una enorme carcajada.
La bruja, floja, calcina y despiadada, con veinte galones de pereza en la
sangre, las garras de hojalata y los dientes como grandes perlas de cristal
amarillento, le arrancó una pata al animal con una mordida y dos jalones.
«¡Miau, miau, meeeeu!», lloró el gato, y «Jei, jei, jei», reía la bruja sin parar.
«No pasa nada, Picozapato», insistía a ratos. «Que ya pasa... ya pasará, que por
este rancho no hay otros miaus».
El felino —ahora de tres patas— bebió a fuerzas hasta la última gota de
poción astrofálica que le ofreció la vieja despiadada. Y así, a los poco minutos,
obtuvo un intelecto sobreanimal. Pronto logró presumir de una fonética
inherente al de un humano promedio, incluso mejor, fue capaz de articular
cualquier vocablo que halló entre los libreros. También gozó de una fisiología
espléndida, una que no solo le permitía caminar a dos patas, sino realizar
movimientos sumo complejos como escribir y cocinar con una eficacia
sorprendente. Aun así, la torpe bruja, carente de pasión y emoción, aprovechó
dichas habilidades para poco más que convertir al buen Picozapato en un
súbdito corriente, olvidó la novedad del potencial que creyó haber descubierto
al comienzo de su creación, y canjeó sus innovaciones alquímicas por largos
ratos de ocio y melancolía. Eventualmente, el joven gato, unos centímetros más
alto, y perfectamente consciente de su potencial, decidió partir hasta la gran
ciudad para cursar la carrera de Medicina en la Universidad Mayor de Caraluna.
merecedor del privilegio. En los pasillos de las escuelas, durante los primeros
meses, no se murmuraba más que del gatito pálido, genio, mutilado, y
recientemente admitido a la facultad más prestigiosa de occidente. Ya para el
año segundo, la noticia cada vez engendró menos debates y opinión, y con ello,
los aglomerados grupos de defensa a la inclusión fueron opacándose hasta
finalmente reducirse a un grupillo de acosadores cuya única intención parecía
ser mortificar, con mofas y boicoteos, los siete años de carrera de Picozapato,
desmeritando agresivamente el ideal de que tres patas serían suficientes para
salvar la vida de alguien. Finalmente, un Picozapato ya titulado, con la mente
cargada y el alma triste, decidió volver hasta su antigua morada para increpar
a la bruja.
Atravesó un largo rumbo montado en un tranvía añejo, un tranvía
cargado de infinitas miradas curiosas dirigidas a sus tres patas. En realidad, se
trataba de inocentes ojeadas, que, años antes, por la propia inocencia de la edad,
ni siquiera hubo notado, y que, sin embargo, en ese momento consiguieron ser
lo suficiente imprudentes como para carcomerle la dignidad por más tiempo
del necesario, incluso después del desabordo.
El gato —y ahora doctor— Picozapato estaba de vuelta en el terreno de
la bruja de cristal. A simple ojo, nada parecía haber cambiado o desaparecido.
La fachada de la vieja casilla seguía resultándole igual de sofocante, presumía
un difícil acceso, y notó que el montículo de azufre, encargado de proteger de
la entrada, hubo aumentado bruscamente su tamaño, haciendo que su llegada
se retrase aún más.
«¡Bruja caca, caca bruja!», reclamó el gato con un inmenso enfado tras
cruzar la puerta. «Para qué... ¡¿para qué?!… si sabías que solo soy un gato...
¡¿para qué sirve un gato parlachín?!, ¡¿para qué?!», repetía. «¿Acaso te burlaste?
¡¿Por qué, piruja, por qué?!». La bruja borró la sonrisa sudorosa de su mentón
arrugado y la intercambió por una evidente serenidad. «Porfines vuelto
Picozapato», contestó ella. «Prepara e’ caldero, no tenem mucho e' tiempo». Se
dejó oír ansiosa, como sofocándose con las palabras. Rápidamente volvió hacia
la cocina evidenciando un dolor al andar.
Dr. Picozapato obedeció después de meditarlo un rato en silencio. Sin
embargo, su ceño fruncido no se borraría sino hasta rato antes del fallecimiento
la bruja. «Toma esto», le dijo la piruja, mientras le entregaba un pedazo de
papel dorado con una nueva lista de ingredientes. «E' la receta», aclaró.
El gato volvió a sentirse tan confundido como hacía siete años, cuando
aún caminaba en cuatro patas por la casita, y preguntó ya más sereno:
—¿Y Para qué es esto?
—Hazle caso ale' vieja. —replicó.
Y el animal, aún más preocupado, echó los ojos al papel. No le costó
mucho trabajo hallar la mayoría de ingredientes (exceptuando los ojos de
caracol cuya escasez se debía a la temporada), en realidad, consiguió localizarlos
con cierta agilidad, pues todo parecía estar disperso en los estantes con cierta
predisposición a ser seleccionados, finalmente, echó los dos últimos
ingredientes y le dio aviso a la bruja gritando:
—¡Oiga, bruja! ¡ya está su cosa!
La bruja se acicalaba frente al espejo, enalteciendo sus pestañas y lijando
sus pendientes.
—¡Que ya está, bruja sorda! —insistió Dr. Picozapato.
Al oírlo, la vieja bruja ocultó desesperadamente la gota de sangre que
bailaba por sus pómulos y se deslizaba hasta sus castañas. Se giró con destreza
para evitar que se reflejara en el espejo un segundo más, y se estremeció al
reflexionar que esa gota bien pudo ser una lágrima, y que de no haberse pasado
la vida refunfuñando frente a químicos y pociones, sus párpados aún serían
capaces de botar algo más que sangre.
—Ya e' voy, Picoe'patita —contestó ella antes de comenzar a reír.
—Bien, bruja. Aquí lo tienes. Aún está caliente. —Picozapato ignoró la
carcajada vacía de la mujer y continuó—. Tal como está escrito: 150g de limón
dulce, 20g de cúrcuma sin veneno, algunos insectos de cuatro patas («la ciencia
me perdone», pensó él), 32 pelos de pollo, seis orejas de pescado Trucha, ocho
cucharadas de … ¿durazno?
—Para el sabor —explicó la bruja.
—(…) Garras de víbora africana, tentáculos de simio... al gusto… lo de
la zariguella, el hígado de colifor y... —Suspiró— yo mismo me arranqué los
seis pelos de gato de blanco... ¡Qué pesar!
La bruja volvió a carcajearse fugazmente y se volvió a la habitación
después de asentir con la cabeza para mostrar conformidad. Tras unos minutos,
trajo en brazos un cofre de madera. Sacó de él una gran almohada azuleja y
una sábana corriente que tendería en el suelo con ayuda de Picozapato.
Picozapato por fin hubo cambiado el ceño gruñón de su rostro peludo.
Ojear a una bruja de cristal, sobre todo una que solía ser tirana y repugnante,
echándose con tanta debilidad en un lecho improvisado, desprevenida y
vulnerable, justo al medio del santuario de pociones, le hizo canjear su enfado
por puro temor.
«Acércate», le pidió ella mientras acomodaba su cabezota en la almohada.
«Graiái por tus sei’pelos e' gato, empero no e' lúltimo en le lista», acercó su mano
al pecho y señaló su corazón. «Arráncamelo»
—¡¿Qué?! —preguntó Picozapato.
—Sí, sí, hazle, hazle. Con tu licenciadura en pastillas, sípodrás serlo bien
—dijo ella—. Cuando cabes, bótalel fuego y déjalo ay par veinte minutos.
—¡¿Qué?! —volvió a preguntar.
—Sí, sí, que cuando cabe, tírame lelixir sobre mis labios. Seguro de
humedecerles bien y de que trague la menos un poco»
Y así lo hizo Dr. Picozapato. Tal como lo predijo la mujer, no le resultó
nada difícil hacer la incisión. Cuando fue el momento de descubrir su pecho,
oculto bajo su clásica túnica azul, se halló frente a un tórax común, con carne
pálida y mucho hueso, pero común al fin y al cabo. Pronto cayó en cuenta de
que la bruja de cristal no tenía de cristal más que los ojos, los dientes, y los
aretes... los zapatos, y varios utensilios de cocina, pero su pecho y su corazón
seguían siendo ordinarios pedazos de humano que, a diferencia de su rostro
arrugado, no lograba disfrazar de palidez cristalizada con polvos y pociones.
Después de cerrar cuidadosamente la incisión, tomó el órgano
ensangrentado y lo arrojó sin pensar al caldero.
Dr. Picozapato fue muy cuidadoso de no ver el cadáver durante el largo
rato. Pasaron los minutos de cocción, y teorizó que las burbujas serían un
indicativo de que la mezcla estaría acabada. Introdujo el cucharon de cristal, y
vertió el líquido pastoso en un recipiente de estaño. Desconcertado por la
crudeza del momento, pero esperanzándose en presenciar una resurrección,
empezó a introducir la poción en la apestosa boca del cadáver, con cierta
torpeza.
Al acabar, tomó soporte en su vieja almohadilla para gatos —justo donde
recordaba haber nacido— y se dispuso a esperar en el rincón, donde sería
ocasionalmente invadido por temblequeos de frío (y de miedo) que no logró
calmar a pesar de sus esfuerzos. De repente, el tiempo pareció enemistarse con
los aparatos. No había relojes por ahí, y de haber hallado uno, sus manecillas
estarían tiesas, estáticas, y firmes, como expectantes a un acontecimiento tan
grande que únicamente la magia conseguiría realizar.
Mientras el mareo de un Picozapato agotado le hacía sucumbirse en el
dormir, colores y olores extrañísimos brotaron del cadáver de la mujer. Pronto
apareció una particular humarada de aspecto ornamental que acorazó
violentamente al cuerpo de la bruja, terminando por sumergirla en un festín de
destellos rarísimos,destellos coreografiados quebailaron frenéticamente incluso
hasta escapar por las ventanas y las rendijas de la puerta. En aquel rato
atemporal (porque allí hubo de todo menos tiempo), el cadáver se convirtió en
una cápsula psicodélica, en un núcleo de ostentosos relieves y figuras propias
de la mejor pirotécnica que un mago podría construir para su acto, fue una
atracción de luciérnagas, un amor a las chispas, un goce para los pirómanos y
por supuesto, una vaga muestra de arrepentimiento.
Como otro acierto al infortunio del minino, Picozapato no fue capaz de
percibir señal alguna del show, su somnolencia le cerró tan fuerte los párpados
que no pudo apreciar el espectáculo visual que supuso tanto esfuerzo para la
mujer. Sin embargo, para cuando despertó, Dr. Picozapato fue testigo del
segundo (y principal) regalo que obtendría esa noche, el cadáver se había
convertido en una linda y perfectamente funcional patita de cristal.
Invierno del 2019
Omar Oliden

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Agregar