Había veintitrés gallos en el criadero. Cacareaban y cacareaban y no cesaron sus
cánticos hasta que, de pronto, un pitido extraño los detuvo. Entonces, el hombre tras la pared, quien estaba de oyente de los gallos y lector frustrado de libros, no pudo evitar soltar un largo y profundo cacareo final.

Clima
Salió de su casa con la esperanza de que su abrigo le bastaría para sobrevivir al
panorama glacial que la cuidad presumía esa mañana de agosto. Cuando
finalmente dio un par de pasos sobre la acera, notó que aquel paisaje antártico
que creyó ver por la ventana no se trataría más que de un suspiro de frescura,
un soplo ventoso del cielo que anunciaría, con cierta calidez, sus últimas horas
en el mundo.
Aires
La dama me miró aterrada. Con un impulso de coraje, sujetó firme la manecilla,
como si de esta dependiera su salvación, y la llevó hasta atrás, dejándome ante
una puerta de madera vieja y pestilente.
Entonces, respiré el ambiente que se había formado segundos después de su
actuación, noté el movimiento de la puerta y su brisa de olor nicotínico, caótico,
y el abrumador olor de la pintura húmeda con el cóctel de polvo y saliva me
invitó a atravesar la puerta. Respiré todos los aromas que la dama me había
podido regalar. Entonces, sentí el pesar, pues la ella jamás volvería a salir de la
habitación, pero yo volvería a respirar esos aires millones de veces más.


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