—¿Cómo está hoy, señor?
—Ventura. —contestó el hombre buscando un asiento con la mirada—. Me llamo Alberto y a veces me apellidan Ventura. ¿Lo interrumpo?
—No, claro que no. Pero disculpará, Señor Ventura, si me nota desganado. Estaba durmiendo. ¿Está todo bien?
—¡En absoluto! Me encuentro bastante preocupado. —dijo Ventura mientras se reprochaba a sí mismo el haber acomodado los muebles tan lejos del telefóno—. Hace tiempo me percaté de una cuestión que, hasta hoy, quizás dos o siete días después, no me deja vivir en paz.
—Lo escucho.
Verá, —se acercó bruscamente a la bocina para evidenciar su seriedad—. ¿se ha fijado usted que los dedos de nuestras manos, o cuanto menos de las mías, no comparten el mismo tamaño? —reflexionó la cordura de su pregunta y, al hallarla, se armó de razones para explicar los detalles—. Lo que digo es cierto. Mis dedos ni siquiera son simétricos, algunos presumen ser más altos y otros más bien chatos. También hay uno aún más pequeño y regordete, cuya forma, supongo yo por su propia naturaleza, me resulta aún más terrorífico. Lo mismo me sucede en la otra mano.
Alberto Ventura guardó silencio hasta asegurarse de que su interlocutor haya tenido el tiempo preciso para meditar sus palabras.
—Le ruego guarde discreción si este asunto no es propio de usted, de sus gentes, o de sus manos. Yo me atreví a contárselo por pura confianza.
—Lo entiendo.
—Aún así, —insistió Alberto—. más allá de pedirle que no revele mi condición a ningún hombre, le aclaro con certeza que no hay ninguna necesidad de temerme pues, de cualquier manera, yo puedo seguir regalando caricias.
Cuento perteneciente a «Los hombres y sus diálogos»