miércoles, 24 de julio de 2019

Hombres y sus diálogos: El cabello de las monjas


—¿Alguien aquí ha visto el cabello de una monja? —preguntó Franco tratando de guardar la compostura—. Sé que el asunto puede sonar pretencioso, caballeros, aún así, les prometo que va dirigida con la misma seriedad planteada al inicio de la noche. Señores, —insistió— ¿alguien sabe, con total certeza, qué oculta una monja bajo su velo?


—Déjalo, déjalo, estás ya muy ebrio para seguir con tus historias —contestó el primero de los tres hombrecillos que se hallaban charlando en el bar.


—¿Alguien lo sabe? —insistió Franco a quien sus ansias no le habían permitido beber ni una copa.


—¿De qué hablas?


—Del cabello de las monjas…


Los tres hombrecillos guardaron un breve silencio mientras asimilaban la pregunta.


—Pienso que ha sido una noche interesante. —exclamó el primer hombre—. Venir a este lugar siempre es lindo, Franco. Agradecemos tu invitación, pero la noche ya se está acabando… ¿no crees?


—No, no, aún no es momento. —respondió Franco—. Los he reunido aquí con la mejor de las intenciones. —tomó aire mientras se enfrentaba a los tres rostros inexpresivos—. Verán señores, desde hace varias semanas atrás decidí revelarles, a ustedes, mis amigos, únicamente por ser de mi entera confianza, una experiencia que me perturba desde mi visita a San Tenura. —Franco aprovechó la pausa para calmar el ademán que repetía con las manos, y volvió sus dedos hasta el mentón para disimular—.


—¿Acaso hablas del pueblo de San Tenura? —preguntó el segundo hombrecillo, de capote y

corbatín.

Franco respiró aliviado al descubrir que al menos uno de los hombres conocía el lugar que tanto esfuerzo le había costado pronunciar. «Sí. Ese mismo», dijo.  «Aunque ara ser específico, mas bien me refiería al convento de ese lugar, el convento de San Tenura».


—¡Ja! Ya decía yo. ¡El temido convento de San Tenura! Tal vez ahí las monjas oculten sus tampones. —bromeó el tercero de los hombres, sentado en el extremo de la mesa, que además se encontraba evidentemente borracho—. O sus maníes, maquillaje... o quizá guardan pequeños crucifijos de madera, ajo y monedas de oro. Podría ser cualquier cosa, Franco. ¿Qué tan malo puede ser?


—¿Acaso no llevan el pelo corto como los soldados? —preguntó el segundo hombre, con un tono apacible.


—No, hombres, no. Nada de eso. Esto va más allá de tampones o de cortes de cabello. —Franco asomó un cigarrillo de su abrigo, y se dispuso a encenderlo para comenzar su relato—. Hace unos tantos años, me vi frente a uno de esos horrores que solo se pueden vivir dentro de un convento. En realidad, —reflexionó aún con los dedos bailando sobre el mentón— en realidad se trata de un secreto. Un secreto aterrador que me topé entre las bañeras del convento; en el momento cuando vi descubierto ese misterioso espacio del que nadie sabe darme razón esta noche, vi el cabello de una de las monjas.


—¡Por Dios!  No es saludable para ti y tampoco es saludable para tus hijos el tener un padre que se pregunte esas tonterías. ¡Déjalo ya, Franco!, dijo el primer hombre. 


—No busco sorprenderlos, —aclaró Franco— mi intención va más allá de impactar a hombres que quizás ya no nada les puede impactar... pero contar esto quizá me sirva de terapia, o como un punto de desahogo, no lo sé...


—¡¿Desahogo?! ¡Tonterías, esas son tonterías! ¡Ya no lo tolero más! —volvió a interrumpir el primer sujeto—. Señores, —miró a los demás hombres de reojo—, ¿apoyarán este circo? ¿ven esto normal? ¿Quién te crees? —volvió su mirada a Franco— ¿Crees que por algo de vino y bocadillos baratos tienes el derecho de soltar cuanta basura se te cruce por el coco? ¡Por favor! Es hora de crecer. Tu mujer y tus hijos te esperan en casa con la cena lista, esperan a un hombre cuerdo, no a un bastardo cuentacuentos. En toda la noche, Franco, no has parado de inquietarnos con ese estúpido ademán que repites y repites con los dedos sobre la mesa, los arrastras con furia, y seguramente tienes más de una astilla clavada ahí. Sabemos de tus problemas con el dinero—bajó el volumen de su voz para demostrar compasión—, con tu mujer, con tu trabajo… y aún así, aunque poca, tienes una reputación que mantener y no es justo Franco ¡No es justo!, ni para ti y como dije, no es justo para tus pequeños. Nos sales con esta tontería de las monjas… eso no es algo que debas tener en mente ahora. ¡Haznos el favor! Aféitate esa barba de piruleta, deshazte de las ojeras y, ¡en nombre del señor! plancha tus camisas de vez en cuando. Ve mañana a tu despacho, arregla tus papeles y trata, al menos trata, en lo que puedas, de tener una vida más o menos digna, o no tan mísera como la tienes a día de hoy.


Los demás implicados, echaron a reír nerviosamente por el comentario de la barba, aunque temiendo la respuesta de Franco quien se mantuvo varios segundos en silencio hasta finalmente darle la razón, y, después de unas breves palabras de despedida, volver a su hogar.





Cuento perteneciente a «Los hombres y sus diálogos»



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