Cacareaban y cacareaban y no cesaron sus cánticos hasta que, de repente, un pitido extraño los detuvo. Entonces, el hombre tras la pared, quien estaba de oyente de los gallos y lector —frustrado— de un viejo poemario escocés, no pudo evitar escupir al aire un largo y profundo cacareo final
miércoles, 30 de octubre de 2019
miércoles, 23 de octubre de 2019
Los dedos del Sr. Ventura (Cuento y comentario)
—¿Señor?
—Ventura. —contestó el hombre buscando un asiento con la mirada—. Me llamo Alberto y a veces me apellidan Ventura. ¿Interrumpo?
—Lo sé, señor Ventura. ¿Se encuentra bien?
He re-creado mi blog
Me paseé tanto por la red que acabé sentado y con dolor de piernas por acá. Al parecer no puedo NO tener un blog, comienzo a creer que es propio de mí, de mis tentáculos. A veces me pica el cerebro si recuerdo que no tengo un espacio donde teclear.
Broncas por cabrón han bromeado sobre tu canción de amor.
Shinoflow
-HombreH
sábado, 17 de agosto de 2019
Picozapato y la bruja de cristal
Hay una bruja de cristal meneando su cucharón en un gran caldero de
aluminio y vidrio percudido. Revolcaba la paleta dentro de una extraña mezcla
viscosa que, de cuando en cuando, salpicaba a borbotones hasta el suelo terroso
del recinto. La bruja procedió entusiasmada. Hacía más de media velada que
contemplaba su obra con excitación, sintiéndose cada vez más orgullosa del
ánimo invertido en la poción que a ratos se mezclaba con las gotas del
sudor fugitivo de su rostro caucásico, mohoso, idealmente portador de esa
sonrisa amarillenta que soltaba al ojear a la cocción. Mientras tanto, en el rincón
derecho, bajo la segunda mesilla de pociones, un gato blanco de la costa sur del
país, la observaba temeroso.
viernes, 16 de agosto de 2019
Microcuentos: Clima | Aires | Gallos
Gallos

Clima
Había veintitrés gallos en el criadero. Cacareaban y cacareaban y no cesaron sus
cánticos hasta que, de pronto, un pitido extraño los detuvo. Entonces, el hombre tras la pared, quien estaba de oyente de los gallos y lector frustrado de libros, no pudo evitar soltar un largo y profundo cacareo final.

Clima
Salió de su casa con la esperanza de que su abrigo le bastaría para sobrevivir al
panorama glacial que la cuidad presumía esa mañana de agosto. Cuando
finalmente dio un par de pasos sobre la acera, notó que aquel paisaje antártico
que creyó ver por la ventana no se trataría más que de un suspiro de frescura,
un soplo ventoso del cielo que anunciaría, con cierta calidez, sus últimas horas
en el mundo.
Aires
La dama me miró aterrada. Con un impulso de coraje, sujetó firme la manecilla,
como si de esta dependiera su salvación, y la llevó hasta atrás, dejándome ante
una puerta de madera vieja y pestilente.
Entonces, respiré el ambiente que se había formado segundos después de su
actuación, noté el movimiento de la puerta y su brisa de olor nicotínico, caótico,
y el abrumador olor de la pintura húmeda con el cóctel de polvo y saliva me
invitó a atravesar la puerta. Respiré todos los aromas que la dama me había
podido regalar. Entonces, sentí el pesar, pues la ella jamás volvería a salir de la
habitación, pero yo volvería a respirar esos aires millones de veces más.
martes, 30 de julio de 2019
La casa de los pericotes (avance borrador)
En una casa al norte de Buenaventura, cuatro pericotes blancos discutían las recientes preocupaciones del hogar. Una vez más, se encontraban sentados al rededor de una vieja mesilla de madera que apenas lograba sostenerlos en estas largas noches de otoño que los ratoncillos solían rellenar con charla, risa, música suave, bocadillos, y, por supuesto, con muchísimo vino y cigarrillos entre las patas; del vino tanto pudieran robar de la cocina, y de los cigarros tanto como el pulmón aguantase.
Esta tradición no se trataba únicamente se holgazanería, en realidad, se remontaba a los tiempos de angustia, cuando el frío y la lluvia amenazaba los hermosos rincones de la provincia, y conseguían, con éxito además, desalojar a los pobres animalitos que se hospedaban entre la arboleda, las farolas y entre los basureros de las calles de Buenaventura. En estas circunstancias sería cuando, después de sustos y plegarias; de correr y nadar desesperadamente, los cuatro se encontrarían juntos y refugiados por primera vez en la casa del señor Fernet. Allí, tras el apretón de manos, notarían la fantástica ironía que el azar les tenía preparado y, que a su vez, sería el origen de una amistad siempreviva que ni los años, ni las repentinas tormentas, ni las viejas mesas de olmo, podrían derrumbar: ser unos todos unos ratones de cultura.
Una cultura de la buena, de la clásica, no de aquella que cualquiera tendría o diría tener por balbucear sobre un par asuntos. Se trataría mas bien de una cultura propia de los célebres señores estudiados; de aquellos lectores dedicados (como los grandes conocedores de política y literatura), o, cuanto menos, de una cultura propia de los viejecillos sifrinos del parque que, aunque no siempre es así, vociferan llevar la verdad y, cuanto menos, merecen ser escuchados con atención.
Entonces, ahí estaban otra vez los ratones eruditos, más incómodos de lo normal, reposando bajo el rincón de una pared tras el salón principal. En posición relajada pero bien serenos, los cuatro eran alumbrados por una luz de claraboya lo suficientemente intensa para distinguir las cartas de Póquer que cargaban en las patas; así como sus relojes, los anillos dorados, y los botones relcientes de sus trajes frac. Se sumaba a la escena —como si no fuera lo suficientemente pretenciosa ya— una pintoresca melodía jazz, procedente, quizá, de alguna de las mejores colecciones del Sr. Fernet, y que, con un volumen prudente, azucaraba aquella velada del veinte de mayo. Una que resultaría más amarga de lo previsto.
Nolberto, el más viejo de los ratones, quien además estaba a punto de ganar la partida, pronunció con firmeza después de notar la incomodidad del momento:
—Bien, caballeros. Ya es momento —Acomodó su corbatín para enfatizar sus siguientes palabras—. Como sabrán, eventos extraños han invadido nuestra casa.
Los otros tres pericotes alzaron la mirada lo suficientemente rápido para simular sorpresa, resultó, sin embargo, ser un esfuerzo inútil, pues cada ratón imaginaba el asunto a discutir.
—En primer lugar, la reserva de comida de la cocina principal cada vez es más deprimente. Y como habrán notado, ya pasaron siete días desde que la Sra. Vincé —frunció el ceño al pronunciar el nombre— ni siquiera ha probado de su vino. ¡Ninguno de sus vinos! He revisado las botellas y todas continúan exactamente igual que ayer y anteayer, y así hasta más o menos un mes. ¿Se dan cuenta?
—Por favor, Nolberto. ¡No caigas en paranoias! —dijo burlón el pericote de sombrero, cuyo nombre nunca nadie había revelado—. ¿Es grave que una dama como la Sra. Vincé olvide el alcohol por unos amaneceres? ¡Por favor! —echó a reir.
—¡¿U-unos días.?! Uu-nos días e-es ¡tragedia! —exclamó Yinyet—. Esa mujer es e-bria, ebria como la calle.
—¡Ya cállense! —gritó Astrade, el último ratón desde la esquina de la mesa—. Dejen hablar al anciano.
—Gracias, Astrade.| —replicó Nolberto—. Sé que el cambio puede ser algo incómodo, muchachos. Sin embargo, debemos empezar a asumir que el señor Fernet ya no volverá —Se echó una mano a la frente—. me temo que esto es un pesar.
—¿Qué insinúas? —preguntó el ratón de sombrero.
—No lo sé, sombrero. No lo sé... ni quiero saber… —agachó la cabeza.
En ese momento, entendieron que se trataba de un asunto más serio del supuesto. Guardaron silencio producto de la terrorífica idea de verse ante un Fernet difunto.
—Ta-tal vez se trate de u-na falsa a-alarma. To-todos estaremos bien. Ta-tal vez Don Fernet regrese, vivo, y esté bien.
El rostro gris de los demás pericotes hizo que aquella sonrisa que Yinyet había formado mientras pronunciaba lo anterior, se borrase con rapidez
—¿No es así, chi-chicos?
El rostro gris de los demás pericotes hizo que aquella sonrisa que Yinyet había formado mientras pronunciaba lo anterior, se borrase con rapidez
—¿No es así, chi-chicos?
—No. ¡Ya basta de engañarnos! —sollozó Sombrero mientras se ponía de pie amenazando con marcharse—. El viejo tiene razón, ¡Fernet ha muerto!
—Siéntate, por favor, siéntate. La partida todavía no acaba. —dijo el viejo Nolberto restándole importancia. Tragó un poco de vino y continuó desanimado—. La hija de doña Vincé y don Fernet no ha salido de su habitación en días, y como habrán notado, cuando baja al salón lo hace exclusivamente para tocar el piano de su padre.
Los demás ratones asintieron.
—Comprendo que la repentina sobriedad de doña Vincé sea un motivo pobre para sugerir el inicio de una crisis, pero no negarán, ratones míos, que sus noches de llanto retumban en cada rincón de esta casa.
Los ratones volvieron a asentir, haciéndose ver apenados.
—¡Cuánto negro veo en la casa! —continuó Nolberto inspirado por llevar la razón—. Veo negro en cada prenda de vestir, negro en la comida rancia y en la basura acumulada; también en las cartas que recibe la señora, y además veo negro hasta programación de la radio.
Los ratones asintieron una tercera vez.
—No nos olvidemos de la poca comida de los estantes. —tomó la palabra el ratón de sombrero—. A este paso acabaremos hurgando en la basura como simples ratas.
—¿Ra-ratas? —Preguntó Yinyet temeroso.
—Eso, como simples ratas.
—Señores, señores, no seamos ser extremistas. —exclamó Astrade, que se notaba sospechosamente más atento de lo acostumbrado—. Ya verán que pronto la señora buscará provisiones y recuperaremos nuestros estándares.
—¿Estándares? —increpó Sombrero. ¿Te refieres a los estándares que gozabas tú y solo tú, rata privilegiada, gracias a la señorita Melissa?
—¡Sombrero! —gritó Nolberto—. No nos compete mencionar eso.
Astrade guardó silencio mientras buscaba una respuesta ingeniosa.
—Mi relación con la señorita Melisa no se trata más que de un…
—Mi relación con la señorita Melisa no se trata más que de un…
—¡Sa-sa-sa-sacrilegio, sacrilegio! —interrumpió un Yinyet entrando a crisis. ¡Se van se van de aquí y no vo-volverán! Todos, todos se irán… los muebles, las sillas, los mante-te-les y los cubiertos. La, la alfombra, la mesa y hasta las ve-ventanas. Eventuralmemente, se, se, se, se ¡irán las señoras! ¡No-no-nos quedaremos solos! ¡Solos para siempre!
—No, no así, Yinyet, solo exageras —dijo el viejo con voz noble, en un inútil intento por controlar la situación.
Mientras el viejo Nolberto se esforzaba por aba tratando de moderar el pánico de los demás ratoncillos, el sonido de un piano preponderó sus palabras. Los ratones quedaron desconcertados con la melodía Erbarme dich que sonaba en el salón. Aunque los lamentos no cesaron sino hasta las palabras de Astrade, este se se volvió para contemplar a la mujer en el piano, consiguió llegar hasta el rincón con prudente disimulo, sin embargo, los demás ratones, que ya le tenían el ojo encima, lo siguieron con la mirada.
—¿Qué fue lo que sucedió? —Se acercó Sombrero.
Astrade continuaba confuso, con los ojos fijamente engatusados hacia la señorita Melissa. Contemplaba frenético a la muchatita mientras recordaba las aventuras amorosas que vivió en el pasado y que seguramente, no volverían a vivir.
miércoles, 24 de julio de 2019
Hombres y sus diálogos: El cabello de las monjas
—¿Alguien aquí ha visto el cabello de una monja? —preguntó Franco tratando de guardar la compostura—. Sé que el asunto puede sonar pretencioso, caballeros, aún así, les prometo que va dirigida con la misma seriedad planteada al inicio de la noche. Señores, —insistió— ¿alguien sabe, con total certeza, qué oculta una monja bajo su velo?
—Déjalo, déjalo, estás ya muy ebrio para seguir con tus historias —contestó el primero de los tres hombrecillos que se hallaban charlando en el bar.
—¿Alguien lo sabe? —insistió Franco a quien sus ansias no le habían permitido beber ni una copa.
—¿De qué hablas?
—Del cabello de las monjas…
Los tres hombrecillos guardaron un breve silencio mientras asimilaban la pregunta.
—Pienso que ha sido una noche interesante. —exclamó el primer hombre—. Venir a este lugar siempre es lindo, Franco. Agradecemos tu invitación, pero la noche ya se está acabando… ¿no crees?
—No, no, aún no es momento. —respondió Franco—. Los he reunido aquí con la mejor de las intenciones. —tomó aire mientras se enfrentaba a los tres rostros inexpresivos—. Verán señores, desde hace varias semanas atrás decidí revelarles, a ustedes, mis amigos, únicamente por ser de mi entera confianza, una experiencia que me perturba desde mi visita a San Tenura. —Franco aprovechó la pausa para calmar el ademán que repetía con las manos, y volvió sus dedos hasta el mentón para disimular—.
—¿Acaso hablas del pueblo de San Tenura? —preguntó el segundo hombrecillo, de capote y
corbatín.
Franco respiró aliviado al descubrir que al menos uno de los hombres conocía el lugar que tanto esfuerzo le había costado pronunciar. «Sí. Ese mismo», dijo. «Aunque ara ser específico, mas bien me refiería al convento de ese lugar, el convento de San Tenura».
—¡Ja! Ya decía yo. ¡El temido convento de San Tenura! Tal vez ahí las monjas oculten sus tampones. —bromeó el tercero de los hombres, sentado en el extremo de la mesa, que además se encontraba evidentemente borracho—. O sus maníes, maquillaje... o quizá guardan pequeños crucifijos de madera, ajo y monedas de oro. Podría ser cualquier cosa, Franco. ¿Qué tan malo puede ser?
—¿Acaso no llevan el pelo corto como los soldados? —preguntó el segundo hombre, con un tono apacible.

—No, hombres, no. Nada de eso. Esto va más allá de tampones o de cortes de cabello. —Franco asomó un cigarrillo de su abrigo, y se dispuso a encenderlo para comenzar su relato—. Hace unos tantos años, me vi frente a uno de esos horrores que solo se pueden vivir dentro de un convento. En realidad, —reflexionó aún con los dedos bailando sobre el mentón— en realidad se trata de un secreto. Un secreto aterrador que me topé entre las bañeras del convento; en el momento cuando vi descubierto ese misterioso espacio del que nadie sabe darme razón esta noche, vi el cabello de una de las monjas.
—¡Por Dios! No es saludable para ti y tampoco es saludable para tus hijos el tener un padre que se pregunte esas tonterías. ¡Déjalo ya, Franco!, dijo el primer hombre.
—No busco sorprenderlos, —aclaró Franco— mi intención va más allá de impactar a hombres que quizás ya no nada les puede impactar... pero contar esto quizá me sirva de terapia, o como un punto de desahogo, no lo sé...
—¡¿Desahogo?! ¡Tonterías, esas son tonterías! ¡Ya no lo tolero más! —volvió a interrumpir el primer sujeto—. Señores, —miró a los demás hombres de reojo—, ¿apoyarán este circo? ¿ven esto normal? ¿Quién te crees? —volvió su mirada a Franco— ¿Crees que por algo de vino y bocadillos baratos tienes el derecho de soltar cuanta basura se te cruce por el coco? ¡Por favor! Es hora de crecer. Tu mujer y tus hijos te esperan en casa con la cena lista, esperan a un hombre cuerdo, no a un bastardo cuentacuentos. En toda la noche, Franco, no has parado de inquietarnos con ese estúpido ademán que repites y repites con los dedos sobre la mesa, los arrastras con furia, y seguramente tienes más de una astilla clavada ahí. Sabemos de tus problemas con el dinero—bajó el volumen de su voz para demostrar compasión—, con tu mujer, con tu trabajo… y aún así, aunque poca, tienes una reputación que mantener y no es justo Franco ¡No es justo!, ni para ti y como dije, no es justo para tus pequeños. Nos sales con esta tontería de las monjas… eso no es algo que debas tener en mente ahora. ¡Haznos el favor! Aféitate esa barba de piruleta, deshazte de las ojeras y, ¡en nombre del señor! plancha tus camisas de vez en cuando. Ve mañana a tu despacho, arregla tus papeles y trata, al menos trata, en lo que puedas, de tener una vida más o menos digna, o no tan mísera como la tienes a día de hoy.
Los demás implicados, echaron a reír nerviosamente por el comentario de la barba, aunque temiendo la respuesta de Franco quien se mantuvo varios segundos en silencio hasta finalmente darle la razón, y, después de unas breves palabras de despedida, volver a su hogar.
—¿Alguien lo sabe? —insistió Franco a quien sus ansias no le habían permitido beber ni una copa.
—¿De qué hablas?
—Del cabello de las monjas…
Los tres hombrecillos guardaron un breve silencio mientras asimilaban la pregunta.
—Pienso que ha sido una noche interesante. —exclamó el primer hombre—. Venir a este lugar siempre es lindo, Franco. Agradecemos tu invitación, pero la noche ya se está acabando… ¿no crees?
—No, no, aún no es momento. —respondió Franco—. Los he reunido aquí con la mejor de las intenciones. —tomó aire mientras se enfrentaba a los tres rostros inexpresivos—. Verán señores, desde hace varias semanas atrás decidí revelarles, a ustedes, mis amigos, únicamente por ser de mi entera confianza, una experiencia que me perturba desde mi visita a San Tenura. —Franco aprovechó la pausa para calmar el ademán que repetía con las manos, y volvió sus dedos hasta el mentón para disimular—.
—¿Acaso hablas del pueblo de San Tenura? —preguntó el segundo hombrecillo, de capote y
corbatín.
Franco respiró aliviado al descubrir que al menos uno de los hombres conocía el lugar que tanto esfuerzo le había costado pronunciar. «Sí. Ese mismo», dijo. «Aunque ara ser específico, mas bien me refiería al convento de ese lugar, el convento de San Tenura».
—¡Ja! Ya decía yo. ¡El temido convento de San Tenura! Tal vez ahí las monjas oculten sus tampones. —bromeó el tercero de los hombres, sentado en el extremo de la mesa, que además se encontraba evidentemente borracho—. O sus maníes, maquillaje... o quizá guardan pequeños crucifijos de madera, ajo y monedas de oro. Podría ser cualquier cosa, Franco. ¿Qué tan malo puede ser?
—¿Acaso no llevan el pelo corto como los soldados? —preguntó el segundo hombre, con un tono apacible.

—No, hombres, no. Nada de eso. Esto va más allá de tampones o de cortes de cabello. —Franco asomó un cigarrillo de su abrigo, y se dispuso a encenderlo para comenzar su relato—. Hace unos tantos años, me vi frente a uno de esos horrores que solo se pueden vivir dentro de un convento. En realidad, —reflexionó aún con los dedos bailando sobre el mentón— en realidad se trata de un secreto. Un secreto aterrador que me topé entre las bañeras del convento; en el momento cuando vi descubierto ese misterioso espacio del que nadie sabe darme razón esta noche, vi el cabello de una de las monjas.
—¡Por Dios! No es saludable para ti y tampoco es saludable para tus hijos el tener un padre que se pregunte esas tonterías. ¡Déjalo ya, Franco!, dijo el primer hombre.
—No busco sorprenderlos, —aclaró Franco— mi intención va más allá de impactar a hombres que quizás ya no nada les puede impactar... pero contar esto quizá me sirva de terapia, o como un punto de desahogo, no lo sé...
—¡¿Desahogo?! ¡Tonterías, esas son tonterías! ¡Ya no lo tolero más! —volvió a interrumpir el primer sujeto—. Señores, —miró a los demás hombres de reojo—, ¿apoyarán este circo? ¿ven esto normal? ¿Quién te crees? —volvió su mirada a Franco— ¿Crees que por algo de vino y bocadillos baratos tienes el derecho de soltar cuanta basura se te cruce por el coco? ¡Por favor! Es hora de crecer. Tu mujer y tus hijos te esperan en casa con la cena lista, esperan a un hombre cuerdo, no a un bastardo cuentacuentos. En toda la noche, Franco, no has parado de inquietarnos con ese estúpido ademán que repites y repites con los dedos sobre la mesa, los arrastras con furia, y seguramente tienes más de una astilla clavada ahí. Sabemos de tus problemas con el dinero—bajó el volumen de su voz para demostrar compasión—, con tu mujer, con tu trabajo… y aún así, aunque poca, tienes una reputación que mantener y no es justo Franco ¡No es justo!, ni para ti y como dije, no es justo para tus pequeños. Nos sales con esta tontería de las monjas… eso no es algo que debas tener en mente ahora. ¡Haznos el favor! Aféitate esa barba de piruleta, deshazte de las ojeras y, ¡en nombre del señor! plancha tus camisas de vez en cuando. Ve mañana a tu despacho, arregla tus papeles y trata, al menos trata, en lo que puedas, de tener una vida más o menos digna, o no tan mísera como la tienes a día de hoy.
Los demás implicados, echaron a reír nerviosamente por el comentario de la barba, aunque temiendo la respuesta de Franco quien se mantuvo varios segundos en silencio hasta finalmente darle la razón, y, después de unas breves palabras de despedida, volver a su hogar.
Cuento perteneciente a «Los hombres y sus diálogos»
martes, 23 de julio de 2019
Hombres y sus diálogos: Los dedos del señor Ventura
—¿Cómo está hoy, señor?
—Ventura. —contestó el hombre buscando un asiento con la mirada—. Me llamo Alberto y a veces me apellidan Ventura. ¿Lo interrumpo?
—No, claro que no. Pero disculpará, Señor Ventura, si me nota desganado. Estaba durmiendo. ¿Está todo bien?
—¡En absoluto! Me encuentro bastante preocupado. —dijo Ventura mientras se reprochaba a sí mismo el haber acomodado los muebles tan lejos del telefóno—. Hace tiempo me percaté de una cuestión que, hasta hoy, quizás dos o siete días después, no me deja vivir en paz.
—Lo escucho.
Verá, —se acercó bruscamente a la bocina para evidenciar su seriedad—. ¿se ha fijado usted que los dedos de nuestras manos, o cuanto menos de las mías, no comparten el mismo tamaño? —reflexionó la cordura de su pregunta y, al hallarla, se armó de razones para explicar los detalles—. Lo que digo es cierto. Mis dedos ni siquiera son simétricos, algunos presumen ser más altos y otros más bien chatos. También hay uno aún más pequeño y regordete, cuya forma, supongo yo por su propia naturaleza, me resulta aún más terrorífico. Lo mismo me sucede en la otra mano.
Alberto Ventura guardó silencio hasta asegurarse de que su interlocutor haya tenido el tiempo preciso para meditar sus palabras.
—Le ruego guarde discreción si este asunto no es propio de usted, de sus gentes, o de sus manos. Yo me atreví a contárselo por pura confianza.
—Lo entiendo.
—Aún así, —insistió Alberto—. más allá de pedirle que no revele mi condición a ningún hombre, le aclaro con certeza que no hay ninguna necesidad de temerme pues, de cualquier manera, yo puedo seguir regalando caricias.
Cuento perteneciente a «Los hombres y sus diálogos»
viernes, 19 de julio de 2019
El barrendero (capítulo)
Parte I: Barrer
Soy yo un barrendero. Un triste y sencillo barrendero nativo del distrito de Bellavista. A decir verdad, siempre me consideré bastante menos que un barrendero. Llevé años y años en el negocio —una vida prácticamente—, y jamás conseguí barrer para alguna empresa de renombre. Ni siquiera trabajé para el afamado supermarket del centro, cuya fama, en parte, se debía a lo sencillo que resultaba conseguirse un lugar allí. Tampoco tuve (ni tengo) el seguro social que, allá por los ochentas, el mandato sullanero comenzaba a repartir a los reales barrenderos; a esos hombres de escoba, uniforme y lindos yoques azules en la cabeza que, a diferencia de mí, se aseguraban una platita cada quincena. Por último, ya resignado, confieso que no reúno las mínimas aspiraciones que un barrendero convencional podría anhelar barriendo.
Yo únicamente barría tanto como un hombre puede llegar a barrer para ser feliz. Barría lo que fuere por unos cuantos intis. A veces incluso, barría las bodeguitas de las doñas para subsanar pequeños fiaditos que realizaba en la semana. Barría como como un favor a quien lo necesitaba y como un deber a quien lo exigía; y asimismo, en una ocasión le barrí al amor. De haber sabido, en su momento, que eso último acabaría dejándome sin la vida que conozco, jamás le habría yo barrido a mi mujer, a mi cuñada, a mi suegra y, mucho menos, a mi malvado suegro limeño.
Hubo una temporada cuando, su servidor, buscó más propósitos en la vida que solamente barrer. Pido que no se malentienda; barrer, para mí y para mis gentes, no se trataba de una tragedia (como suele asumirse). Barrer era más talento que negocio; y el talento, —según mis viejos— no debía desperdiciarse, ni mucho menos (y eran asistentes con la palabra) avergonzarse de tenerlo. Sin embargo, tan joven y rebelde era yo, que busqué desesperadamente ligar más palabras a mi vida que «recogedores» y «escobas». «Estudios» fue la elegida entre una breve lista que incluía «deportes», «negocios» y «canto». Una decisión completamente polémica entre mis allegados pues, aunque barrer era como un deporte que hacía mientras entonaba viejas canciones después de negociar con el cliente, nunca tuve que estudiar para hacer un buen trabajo con la escoba. Es más, barrer era una palabra que no se me relacionaba desde hacía años, probablemente desde alguno de los primeros grados de la secundaria que cursé en uno de los colejuchos peor reputados de Bellavista.
Sin importarme demasiado mi poca preparación colegial, me aventuré a cursar la carrera técnica de Administración y Gestión Bancaria Internacional, en un instituto cuyo nombre —a diferencia del nombre de la carrera—, no resultaba nada atrayente para el oído y que además, tampoco creo recordar con lucidez.
Posteriormente —luego de mi advertido fracaso en la carrera—, intenté con algo mucho más práctico. Decidí aprender a cocinar en el Instituto Superior de Cocina Norteña Tradicional de Sullana. Supuse con ingenuidad, que mi habilidad con las manos serviría para algo más que barrer y limpiar. Para mi infortunio —y nuevamente previsto por mis viejos—, bastarían unas cuantas clases para percatarme de lo contrario: barrer había, de alguna forma extraña, entorpecido mis manos al grado de no permitirme manipular ciertos instrumentos de cocina con la facilidad exigida por el chef. Eventualmente, tuve que retirarme de la escuela. Esta vez, ya sin tanta amargura como la primera ocasión con la carrera de Administración, . Pues, ahí sería, entre las desgastadas paredes de ese recinto estatal de cocina, donde conocería a mi mujer de un solo día. A quien memoro —aún pasado lo pasado— con bastante nostalgia y agradecimiento.
jueves, 4 de julio de 2019
Los relatos del viejo Gnomo: El duende de Sarmiento
Los relatos del viejo Gnomo:
El duende de Sarmiento
—Se dice que, en el
año 736, justamente después la inesperada muerte de la Reina Orca XVI a manos
del Rey de Aragón… dicen —y me permito redundar, jóvenes— ¡Cuentan por ahí!... que
existió un pequeño duende feliz en el norte de la provincia de Caraluna...
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